El victimismo se ha convertido en símbolo de estatus

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Ser víctima se ha convertido en el máximo estatus

por: Sean Rife

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En años recientes, los activistas universitarios se han convertido en un aspecto cada vez más visible de la vida norteamericana. En 2015, los profesores de Yale Nicholas y Erika Christakis fueron atacados por alentar a los estudiantes a considerar en forma crítica una nueva política universitaria sobre los disfraces de Halloween. La controversia alcanzó el punto de ebullición cuando Nicholas Christakis se encontró con los manifestantes estudiantiles en un patio y trató de dialogar con ellos:

Más recientemente, el académico del American Enterprise Institute, Charles Murray y la profesora del Middlebury College, Allison Stanger, fueron asaltados poco tiempo después de ser expulsados del salón en el que Murray estaba agendado para hablar. Los manifestantes tuvieron éxito en callar su conferencia tan sólo hablando más fuerte que el:

Este comportamiento es condenable por una serie de razones, la menor de las cuales es que mucho de lo que los manifestantes están gritando es simplemente incorrecto (por ejemplo, Murray ha apoyado desde hace mucho tiempo el matrimonio homosexual, pero el grito de “racista, sexista, anti-gay” es demasiado bueno como para dejarlo). El que los manifestantes eventualmente recurrieron a la violencia nos muestra su certidumbre moral (un proceso que puede ser observado en otras protestas similares), lo que es mucho más preocupante.

Aun así, hay personas aparentemente respetables que están dispuestas a defender esta clase de salvajismo. Escribiendo para Slate, Osita Nwanevu argumentó que los manifestantes estaban en lo correcto (y presumiblemente, que la violencia que utilizaron fue aceptable) debido a Trump: “en la era de Trump, ¿deberíamos estar del lado de quienes insisten que los prejuiciosos deben pasar sin obstáculos a través de nuestros salones de aprendizaje? ¿O deberíamos atrevernos a estar en desacuerdo?” En Inside Higher Education, John Patrick Leary tuvo la ocurrencia de decir que los manifestantes tenían “todo el derecho de callarlo (a Charles Murray)”.

El desacuerdo es una cosa, pero el callar a los oponentes o -peor aún- caer en la violencia en un esfuerzo para silenciarlos, es algo distinto.

Evolución cultural: del honor a la dignidad

En un país que tradicionalmente ha presumido su tolerancia hacia la expresión de un diverso rango de opiniones, ¿cómo llegamos aquí? Tomemos un momento para revisar la evolución cultural norteamericana.

Cualquiera que piense que el feo tono de la política estadounidense actual es una anomalía histórica debería dar un pequeño paseo por la avenida Google y leer acerca del duelo entre Hamilton y Burr. La versión corta va así: Alexander Hamilton (antiguo secretario del tesoro) y Aaron Burr (vicepresidente de los Estados Unidos) eran rivales políticos desde hace mucho. Al enterarse de que Hamilton había hecho comentarios particularmente hirientes acerca de él en una fiesta en la ciudad de Nueva York, Burr desafía a Hamilton a un duelo. El 11 de julio de 1804, Burr le disparó a Hamilton, que murió el día siguiente.

Las culturas del honor alientan la violencia, y eso es algo a lo que no debemos volver Clic para tuitear

Este sórdido momento en la historia norteamericana es un clásico ejemplo de lo que los científicos sociales llaman una “cultura del honor” -es decir, una cultura en donde la reputación se construye y mantiene a través de una actitud protectora y de la agresión hacia quienes tratan de ejercer su dominio. La reputación -lo que otros piensen de usted- es lo más importante.

Afortunadamente dichas culturas son muy raras en el mundo occidental, habiendo sido mayoritariamente sustituidas por lo que el sociólogo Peter Berger definió como la “cultura de la dignidad”. En las culturas de la dignidad, el valor de la persona es interno y aislado de la opinión pública. Lo que importa más es cómo uno maneja las pequeñas piedras y flechas que acompañan muchas interacciones humanas; una persona con dignidad lo hace de forma serena, usualmente tratando con la parte agresora directamente y en privado, si es que llega a hacerlo.

Las culturas de la dignidad son necesariamente individualistas. No hay una noción ampliamente esparcida de una culpa común. La voluntad humana es, por implicación, lo más importante. No debería ser una sorpresa que, durante la mayor parte del siglo XX, las sociedades occidentales han evolucionado para valorar a la dignidad por encima del honor.

Déjenme ser claro: Pasar de la cultura del honor hacia la de la dignidad es algo bueno. La mayoría de nosotros retrocederíamos horrorizados ante el pensamiento de que Mike Pence mate a Jack Lew en un duelo. No considero que este punto sea controversial. Algunas culturas son mejores que otras, y la cultura occidental de la actualidad ciertamente es moralmente superior a sus realidades previas, donde la esclavitud, el sexismo y la segregación era la norma. Una cultura donde la dignidad representa el estándar en lugar del honor debería ser considerada como una mejora apreciable.

Cultura del victimismo

Sin embargo, para muchos jóvenes americanos (y sí, este parece ser un fenómeno singularmente estadounidense), la noción de soportar en silencio las dificultades personales ha pasado de moda. Regresando al tema inicial: creo que mucho de lo que hemos observado en los campus universitarios durante los últimos años puede explicarse por el ascenso de lo que los sociólogos Bradley Campbell y Jason Manning llaman “la cultura del victimismo”. Ellos explican:

La cultura del victimismo es una caracterizada por su preocupación con el estatus y su sensibilidad al desprecio, combinada con una gran dependencia respecto a los terceros. Las personas son intolerantes a los insultos, incluso si estos fueron involuntarios, y reaccionan llevándolos ante la atención de las autoridades o del público en general. El dominio es la principal forma de anormalidad, y la victimización es el modo de atraer simpatía, de forma que, en lugar de enfatizar su fortaleza o valor interno, los agraviados enfatizan su opresión y marginalización social.

En los campus universitarios hay un honor perverso en declararse oprimido. Clic para tuitear

Observe los vídeos otra vez: estos estudiantes están demostrando precisamente el comportamiento que describen Campbell y Manning. Están demandando el reconocimiento de varios estatus como víctimas, y no están dispuestos a participar en ninguna clase de diálogo con aquellos con quienes están en desacuerdo. La categoría de “víctima” es un absoluto moral: nadie puede argumentar en favor de su falibilidad.

Sin embargo, nuestro entendimiento de la cultura del victimismo y su relación con las guerras culturales en los campos universitarios estaría incompleta sin un reconocimiento proporcional de lo que Nick Haslam llama arrastre de concepto: nuestro entendimiento de lo que constituye un daño se amplía para incluir desaires verbales involuntarios, en lugar de limitarse a agresiones físicas deliberadas.

Esto puede observarse lo largo de los vídeos en cuestión, pero es particularmente visible en un punto de la discusión Yale/Christakis, cuando las quejas giran hacia la hipérbole: en respuesta a un intento de Christakis para apelar a la humanidad común de todos los presentes, un estudiante le replicó que dicha apelación es inapropiada “¡porque nosotros estamos muriendo!”.

Es difícil entender como un estudiante en una de las mejores universidades del mundo -bien posicionado para entrar en los pasillos del poder después de su graduación- podría razonablemente ser considerado como integrante de un grupo oprimido, mucho menos como parte de un grupo que está siendo exterminado. Los estudiantes de Yale, sin importar su raza o etnia, están entre la élite social y cognitiva. La idea de que un simple correo electrónico acerca de los disfraces de Halloween podría constituir una amenaza existencial es poco menos que delirante.

Sin embargo, darnos cuenta de ello seguramente no sofocará la clase de alzamientos observados en Yale y Middlebury. Como señalan Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, los estudiantes en estos casos seguramente están inmersos en una especie de razonamiento emocional: haciendo inferencias acerca del estado del mundo con base en sus sentimientos, en lugar de intentar evaluar la situación desde una posición que valore la objetividad

A dónde va la cultura del victimismo

Promover el victimismo como un estado meritorio, mientras que al mismo tiempo se expande el criterio por el cual este se define, significa que aquellos que buscan el estatus social están en competencia constante. Estas “Olimpiadas de la opresión” (como algunos las han definido) significan que el estatus de ser marginados se definirá de una forma cada vez más divisible. De esta forma, la cultura del victimismo siembra las semillas de su propia destrucción.

En un giro irónico, la cultura del victimismo se asemeja a la cultura del honor en formas sorprendentemente variadas: Por ejemplo, ambas demandan que las quejas sean atendidas, muchas veces en público. Podría incluso argumentarse que el victimismo ha obtenido una posición privilegiada que es imposible de desafiar sin recurrir en significativos costos sociales. Una nueva serie de normas han emergido en los campus universitarios, donde hay un honor perverso en declararse oprimido.

En las olimpiadas de la opresión se compite por ser la víctima más compadecida Clic para tuitear

De hecho, no es una sorpresa que la cultura del victimismo se haya elevado a la prominencia en las universidades de élite de una de las naciones más ricas del mundo. Sólo bajo condiciones tan relativamente cómodas podría prosperar esa clase de tontería.

De hecho, cualquier cosmovisión que premia el victimismo no puede sobrevivir fuera del entorno enclaustrado de un campus universitario. El mundo real -con sus mercados laborales, pagos de hipoteca y responsabilidades adultas- tiene una forma de alentarnos a valorar la dignidad por encima del victimismo. El capitalismo insiste en los resultados, está relativamente poco preocupado con nuestras subjetivas evaluaciones emocionales del mundo.

Esta es la razón principal por la que no debemos tomar demasiado en serio a los manifestantes en Yale y Middlebury. Serán forzados a enfrentarse con el mundo real y dejar su activismo atrás.

Publicado originalmente por Learn Liberty y traducido a partir de su versión publicada en FEE.org

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Profesor asistente psicología en la Murray State University.

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