Insensatez y sentimientos

por: Gerardo Garibay Camarena

 

No hay nada de malo con ser diplomáticos en nuestro trato con las demás personas y esforzarnos por no ofenderlas de forma innecesaria; es la virtud de la prudencia, esa que entendemos como ejemplo de “buena educación” y que ha sido desde hace siglos una aspiración de toda sociedad humana exitosa.

Sin embargo, esa diplomacia, y su traducción en el diálogo social, conocida como corrección política, está fuera de control; ha abandonado las aguas de la sobriedad para navegar sin freno hacia las turbulencias de la locura; ha dejado de ser una herramienta para facilitar el diálogo y se ha convertido en un instrumento de censura para cancelar el debate y para negar la realidad. En pocas palabras, ha desertado de las filas de la razón para convertirse en milicia del sentimentalismo, y los ejemplos sobran.

Aquí van algunos de los más recientes, y son ciertos, aunque parezcan chunga:

La British Medical Association publicó una guía oficial en materia de “lenguaje incluyente” que trae como novedad la indicación de que los doctores tienen prohibido usar la palabra “madres” para referirse a las mujeres embarazadas, por temor a ofender a quienes se dicen transgénero; ahora las madres serán “gente embarazada”, aunque habrá que esperar si para la siguiente edición también eliminan la palabra “embarazada” con el objetivo de no ofender a quienes no tengan hijos.

James Fisher, estudiante de la University of Pennsylvania, una de las universidades más prestigiosas y costosas de Estados Unidos, recurrió a la prensa para proclamar que su semestre de otoño fue “traumático” porque tuvo a tres profesores blancos que se negaron a admitir que son privilegiados, lo que llevó al alumno (en sus propias palabras) a un colapso mental en el salón, por lo que el angelito dejó de ir a clases durante un mes justificándose en que lo “oprimen”. Cuando lo entrevistaron exigió que (quizá para des-oprimirse) los alumnos blancos se callen.

Después de la derrota de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales, muchas universidades norteamericanas cancelaron clases, pospusieron exámenes, establecieron “espacios seguros” y brindaron terapia psicológica para los alumnos “traumatizados” por el triunfo de Trump (curiosamente los estudiantes republicanos no necesitaron nada por el estilo cuando Obama ganó en 2008 y 2012).

Apenas ayer, 1 de febrero, la conferencia de Milo Yiannopoulos en la UC Berkeley tuvo que cancelarse después de que una turba de supuestos defensores de la tolerancia y la diversidad atacó a los asistentes, destruyó vehículos, asaltó cajeros automáticos y destrozó oficinas de la propia universidad, pretextando que la falta de corrección política de Milo hiere sus sentimientos y les da derecho a golpear a quien se les ponga enfrente.

La coincidencia en todos estos casos es la idea de que, de algún modo, los “sentimientos” tienen prioridad sobre los hechos y los derechos de los demás, y de que las ideas equivalen a las acciones.

Entonces, si alguien es políticamente incorrecto y discrepa con otra persona, es como si la agrediera físicamente, y para los vengadores de la corrección política resulta válido golpearla, censurarla o provocar que la despidan. Mientras tanto, la supuesta “víctima”, cuyo único “sufrimiento” fue el de que alguien no esté de acuerdo con ella, tiene derecho a que la apapachen en un “espacio seguro”, a que la indemnicen y que le digan que tiene razón, incluso aunque ello sea una evidente mentira.

Estamos ante la virtud de la prudencia llevada a la locura, a tal grado que incluso la propia prensa de izquierdas está empezando a darse cuenta de la marabunta de ridiculeces que, bajo el manto de la corrección, ponen en riesgo la libertad de expresión, empobrecen el debate académico y político e incluso generan entornos de violencia, como el ayer en Berkeley.

Para poner un par de ejemplos, a principios de enero el diario Los Angeles Times publicó un artículo denunciando cómo los campus universitarios se están dividiendo en “espacios seguros” y que ello se ha traducido en una auto segregación que da como resultado un aumento en la intolerancia entre los diversos grupos, los cuales compiten entre sí para ver cuál es el más “oprimido” y por lo tanto el más digno de privilegios.

El New York Times, barco insignia del Titanic socialdemócrata, reconoció en un artículo de marzo del 2015 que la mentalidad de los espacios seguros se ha infiltrado en los salones de clase, haciendo que tanto profesores como alumnos eviten decir cualquier cosa que pudiera lastimar los sentimientos de alguien más, lo cual está muy bien para una sesión de terapia de grupo, pero es contraproducente en un entorno intelectual, donde se supone que todas las ideas deben debatirse y sopesarse.

Vamos, la semana pasada el propio Bill Maher, santón de la socialdemocracia donde los haya, usó uno de los espacios de monólogo en su programa de televisión para dar una llamada de alarma ante esta obsesión con los sentimientos y el cómo el Partido Demócrata (de izquierda) ha pasado de ser el de “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti (sino lo que tú puedes hacer por tu país -John F. Kennedy) al de “me debes una disculpa”.

Y al que crea que esas cosas sólo pasan en Estados Unidos sólo hay que recordarle que, apenas en septiembre del año pasado, las legiones de la corrección política provocaron la renuncia de Nicolás Alvarado a TvUNAM, como castigo por el gravísimo pecado de calificar de naco a Juan Gabriel en un artículo donde en realidad Alvarado alaba a Juanga y reconoce su importancia como fenómeno artístico y cultural. Aun así, los sentimientos de algunos twitteros hipersensibles se dieron por agredidos y el resultado lo conocemos todos.

Esta insensatez de poner a los sentimientos en lugar de la razón se está convirtiendo en una de las características que definen a nuestra época y que afectan principalmente a los jóvenes al convertirlos en niños perpetuos, incapaces de enfrentarse a opiniones contrarias y profundamente tolerantes siempre que todos les digan que sí, porque en caso contrario hacen berrinche.

Por cierto…

Estimados guerreros del Facebook ¿en serio quieren demostrar que son más listos que Peña Nieto? Entonces empiecen por dejar de compartir noticias falsas.

 

 

Gerardo Garibay Camarena

Gerardo Garibay Camarena

Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.