Moreira, tenga vergüenza

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Moreira, tenga vergüenza

por: Gerardo Garibay Camarena

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A finales de febrero comentábamos que los pleitos políticos suelen ser como la lucha libre. Sin embargo, incluso en la lucha libre es necesario conservar las apariencias y el problema es que en México la partidocracia ya ni siquiera está cumpliendo con ese requisito elemental. De hecho, se supera constantemente en su descaro.

Esta semana tuvimos un ejemplo más, al desayunarnos la noticia de que Humberto Moreira, quien probablemente ha sido el más deleznable y corrupto gobernador de los últimos 50 años a nivel nacional, no sólo no está en la cárcel, sino que su carrera política goza de cabal salud y el señor pretende lanzarse como candidato diputado local apoyado por una formación política que se hace llamar el “partido joven” y que se robó hasta el logotipo, pues se trata de una vil copia del antiguo logo del Partido Popular Europeo.

Ante ejemplos de cinismo como este no es de sorprender que la confianza de los ciudadanos en sus representantes se esté desplomando, pero sí es de preocupar que lo haga de forma tan drástica. De acuerdo con cifras de Mitofsky, la aprobación promedio de presidentes municipales, gobernadores y presidente de la República se ha desplomado drásticamente en los últimos 10 años. En 2007, el respaldo de los gobernadores rondaba el 70%, ahora apenas araña el 40%; mientras que el del presidente de la República se desplomó a menos de la mitad, pasando de un 62% a un 30%, y el de los presidentes municipales cayó de casi un 60% a un 41%.

Esto es grave porque para que el sistema democrático siga funcionando requiere de un mínimo de credibilidad; si esta se pierde las instituciones colapsan, normalmente para ser reemplazadas por demagogos autoritarios. El caso más simbólico es el de Venezuela.

Durante muchas décadas, Venezuela fue el ejemplo democrático de América Latina; mientras Argentina o Brasil se desangraban en dictaduras militares y México se sumía bajo la dicta-blanda del PRI, los venezolanos tenían un sistema de elecciones libres y de alternancia comparativamente exitoso. ¿Qué pasó? Sus instituciones políticas se corrompieron a tal punto que perdieron el respeto de sus súbditos, los cuales recurrieron a quien les ofrecía una opción distinta. Ese oportunista se llamaba Hugo Chávez.

Aún hasta la fecha, la única forma de entender cómo es posible que los chavistas (ahora bajo el mando de Maduro) sigan en el poder es entendiendo el grado de descrédito, de ineptitud y de mezquindad que definieron en su ocaso a los partidos tradicionales. Entre otras cosas, por eso es que la única elección que la oposición le pudo ganar a Chávez fue en el referendo en que la voz cantante del bando opositor no la llevaron los viejos perfiles, sino los jóvenes estudiantes.

Ese mismo riesgo, ese “peligro” está presente en México, no sólo a través de López Obrador, sino de cualquier otro demagogo que aproveche el escenario de desconfianza para construir su liderazgo.

Ahora bien, ¿por qué preocuparse por el colapso de la partidocracia?

Porque si algo nos ha enseñado la historia humana, una y otra sangrienta vez, es que cuando los sistemas colapsan por su propio peso, sin que exista un consenso claro de cómo reemplazarlos, las consecuencias son de violencia, de odio y de destrucción que, en pocas palabras, tiran al niño junto con el pañal; es decir: destruyen todo con el pretexto de combatir lo que sí está mal, y lo reemplazan con cosas peores.

Pensemos en Rusia, hace 100 años, el régimen tiránico de los zares fue reemplazado por el gobierno aún más criminal de los comunistas; en Cuba, el vividor de Batista fue reemplazado por el maldito Fidel Castro; en el propio México, la tecnocracia porfiriana fue derrotada para pasar a 30 años de violencia que nos llevaron primero al caos de los caudillos, luego a la institucionalización de las corruptelas y finalmente, otra vez, a la tecnocracia.

Hoy, ante el creciente descrédito de las instituciones, el cinismo de personas como Moreira no sólo es indignante, es peligroso, y ahora que inicia nuevamente la carrera presidencial, todos los partidos harían bien en recordar que el verdadero peligro para México no está monopolizado en AMLO, sino que existe en el cinismo al interior de cada fuerza política. Para que quede claro: señor Moreira, tenga vergüenza; señores partidos, tengan cuidado.

Por cierto…

¡Feliz Navidad! nos leemos en 2017.

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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