Maduro no es el culpable

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Maduro no es el culpable

por: Gerardo Garibay Camarena

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Bueno, la verdad sí, pero no es el único.

Desde la semana pasada Venezuela ya es, para todo efecto práctico, una dictadura, y una vez aprobada la nueva constitución, que diseñarán al gusto de Maduro los funcionarios electos por el oficialismo en la asamblea constituyente del domingo 30 de julio, la oposición habrá sido expulsada completamente del ejercicio de gobierno.

La tragedia venezolana acumula día con día multitud de tragedias particulares y generalizadas: incluyendo la represión sistemática de las manifestaciones y la destrucción de lo poco que queda del sector privado, tras la “nacionalización” de miles de empresas y el cierre de muchas más a causa de la escasez de materias primas, del control de precios y una inflación anual del 720% (120 veces más que la inflación en México). Para ponerlo en perspectiva, tan solo entre 2014 y 2015 quebraron más de 110 mil empresas, un 25% de todas las que existían.

Venezuela ya es, para todo efecto práctico, una dictadura Clic para tuitear

A esto se suma el desmoronamiento de la infraestructura física y quiebre de las estructuras sociales, marcada por el aumento en la delincuencia. Quizá el más dramático testimonio de esta degeneración es la cifra de homicidios, que ha convertido a ese país en el tercero más peligroso del mundo. En Venezuela hay más de 60 asesinatos por cada 100 mil habitantes (cuatro veces más que en México).

Mientras tanto, las puertas de la cárcel chavista siguen cerrándose. Durante los últimos meses la mayoría de las principales aerolíneas han cancelado o limitado masivamente sus vuelos hacia y desde Venezuela, incluyendo American Airlines, Avianca, Gol, Aeroméxico, Delta y Aerolíneas Argentinas. Para ponerlo en perspectiva, el pasado 8 de agosto salieron 33 vuelos desde el aeropuerto internacional Simón Bolívar (el más importante de Venezuela), mientras que del Aeropuerto El Dorado (su equivalente en Colombia) salieron más de 530 vuelos.

Sí, lo de Venezuela es trágico, pero Maduro no es el culpable, al menos no el único.

Viendo el sufrimiento de los venezolanos es muy tentador recurrir a una visión de blanco y negro, entre los malvados socialistas del gobierno y los bondadosos liberales de la oposición encabezada por la Mesa de Unidad Democrática.

No tan rápido, para repartir adecuadamente las culpas hay varias cosas a considerar:

En primer lugar el criminal ataque a las libertades políticas y económicas de los venezolanos no empezó con el chavismo. No nos equivoquemos, pensando que antes de la elección de Hugo Chávez Caracas era un paraíso de libre comercio. De hecho, la degradación económica de Venezuela es tan vieja como su supuesta “democracia”. Rómulo Betancourt, el primer presidente de la era moderna era un militante comunista, que triplicó los impuestos a los ingresos, devaluó la moneda y estableció una dependencia de planeación central, entre otras perlas dignas del “Comandante Chávez”.

La tragedia venezolana no empezó con Chávez, él fue el resultado Clic para tuitear

Durante los siguientes 50 años los socialdemócratas de la Acción Democrática y la COPEI  se intercambiaron el gobierno, ampliando cada vez más el poder del estado y financiándolo con los ingresos petroleros, elevando la inflación y la deuda a niveles preocupantes, que eventualmente obligaron al izquierdista Carlos Andrés Pérez a impulsar una serie de medidas de privatización y liberación económica. Sin embargo, el remedio no funcionó porque, como buen socialista de corazón ¿Verdad, Carlos Salinas? el presidente Pérez las hizo mal, a medias y con tranzas, provocando una crisis de credibilidad política que provocó años después el triunfo de Hugo Chávez.

En pocas palabras, la receta de demagogia, gigantismo gubernamental, deuda y petrodólares no la inventó Chávez y menos aún Nicolás Maduro. Lo único que hicieron los chavistas fue darle una remozada a los viejos vicios de la clase política venezolana y aderezarlos de una nueva retórica.

Por eso también, en segundo lugar, los opositores de la Mesa de Unidad Democrática no son santos ni inocentes; lo que son es otra parvada de socialistas, que quieren quitar a Maduro para ponerse ellos a hacer lo mismo, o al menos para compartir el poder negociando con el régimen.

Es más, para acabar pronto, si Leopoldo López y Capriles llegaran a México, estarían con López Obrador. Son demagogos, son simplemente una versión menos grotesca del mismo veneno del chavismo; son Maduro con barniz de civilidad.

Chávez se parece a AMLO, Capriles y López también. Clic para tuitear

Esa es la verdadera tragedia de Venezuela: No sólo se trata de un régimen tiránico que oprime a la sociedad, sino de una sociedad corrupta por la socialdemocracia, hasta el punto en que todo su diálogo público se ha reducido a elegir entre socialistas, porque los votantes, empezando por la propia clase empresarial e intelectual se han vuelto tan adictos a los monopolios y las ayudas del gobierno, que son incapaces de imaginar siquiera una alternativa diferente.

Sin embargo, no todo está perdido.

Incluso en este panorama hay algo de esperanza. Algunos esfuerzos, como el del Movimiento Libertad o Econintech, que están trabajando para construir esa alternativa, aunque desgraciadamente las principales voces de la oposición siguen siendo las de Maduros light.

También hay una advertencia. Lo que le pasó a Venezuela nos puede pasar a nosotros, y no sólo con López Obrador, sino también con sus imitaciones socialdemócratas, del color que sea.

¿Queremos estar a salvo?

Entonces necesitamos tener claro un par de cosas:

  • La pobreza no se elimina por decreto, se elimina cuando retiramos las barreras que le impiden a millones de personas aprovechar plenamente su talento y crear todo el valor que podrían lograr en una economía libre. De hecho, el enemigo real es la marginación.
  • Los precios no se definen desde el gobierno, e intentar controles de precios SIEMPRE resulta en escasez, lo mismo en la Roma imperial que en la Caracas chavista.
  • La expansión de la influencia gubernamental no es la solución, al contrario. Cuando las burocracias estatales se involucran en áreas que no les corresponden, corrompen las relaciones sociales y eventualmente las degradan al grado de destruirlas. Los efectos podrían ser más o menos notorios, dependiendo de las circunstancias, pero siempre estarán ahí.
  • Maduro no es el culpable, al menos no el único. Los gobiernos son al mismo tiempo motivo y consecuencia de las sociedades que los elijen, especial pero no únicamente en los regímenes democráticos.

En pocas palabras:

No basta con derrotar al tirano de palacio, porque seguramente ese tirano no es sino el reflejo de la tiranía que ya existe en muchas personas más.

 

 

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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En breve: Ante Trump, Peña estuvo a la altura

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Ante Trump, Peña estuvo a la altura

por: Gerardo Garibay Camarena

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Pues será el sereno, pero Peña manejó muy bien el diálogo con Trump, empezando por el hecho de sostener en inglés una conversación de tan graves implicaciones, en lugar de recurrir a un traductor.

Peña manejó muy bien el diálogo con Trump Clic para tuitear

Además supo mantener una posición al mismo tiempo firme y conciliadora y jugó muy bien sus cartas, especialmente la de Luis Videgaray, al que todos los chairos se le fueron encima por su supuesta inexperiencia en la cancillería.

Bueno, pues ahora confirmamos, por boca del propio Trump, que Luis Videgaray fue FUNDAMENTAL para esquivar lo que hubiera sido una tragedia económica para México en el tema de las tarifas y que logró prevenirla a través de una relación diplomática muy bien manejada con Jared Kushner, todo ello mientas los politicastros nivel Fox usaban sus vínculos con Estados Unidos para ganar likes a costa de tensar innecesariamente la relación bilateral.

La conversación confirma lo que les había comentado hace meses algunos artículos en cuanto a que Trump no odia a México y que lo de que nosotros pagaramos el muro fue una ocurrencia que no midió y que no pensaba cumplir.

El odio a Peña es moralmente incorrecto y tácticamente peligroso Clic para tuitear

También confirma esa verdad en la que he insistido desde que inició el sexenio, para desmayo e indignación de chairos y derechairos: PEÑA NO ES TONTO (tampoco es un santo, ni mucho menos) y creerlo tonto a quienes pone en desventaja a sus opositores. El odio a Peña no sólo es moralmente incorrecto, sino tácticamente peligroso.

Más allá de las políticas centralistas y económicamente irresponsables que le critico a Peña Nieto (y que provocaron que me tenga bloqueado en Facebook) el hecho es que el tipo es capaz, y lo volvió a demostrar.

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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Por un Nuevo Libertario

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Por un nuevo libertario

por: Jeff Deist

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Saludos a todos en la conferencia Corax 2017, y saludos también a los asistentes aquí en nuestra Mises University anual. Como pueden ver ambos eventos están sucediendo simultáneamente, por lo que no pude estar personalmente con ustedes esta tarde, pero aprecio mucho el haber sido invitado por Sofia y Martin para dar esta conferencia, y de hecho los habría acompañado en Malta cualquier otra semana. Asimismo, admiro a Sofia y Martin por tener el valor de dejar Suecia y comenzar esta nueva empresa en Malta, que según comentan no sólo es un lugar más cálido, ¡sino también mucho más razonable!

Hoy, más que hablar sobre el libertarismo en sí mismo, quisiera hablar respecto a los libertarios, y les pido que consideremos si es que los libertarios han perdido el camino.

El título “Por un Nuevo Libertario” es, espero, una obvia referencia al título del famoso libro de Murray Rothbard, “For a New Liberty.” Es un libro subestimado, quizá menos conocido que The Ethics of Liberty. Muchos autores tienen el ego de llamar a sus libros como “un manifiesto”, pero pocas obras realmente son dignas de tan audaz subtítulo. Ese libro lo es.

Me encanta la frase de Murray: “El libertarismo es, entonces, una filosofía en busca de una política.” Me pregunto si es que él modificaría esa frase actualmente, si pudiera ver en lo que se ha convertido la facción de “política pública” dentro del libertarismo. Quizá él debería haber escrito: “El libertarismo es una filosofía en busca de mejores libertarios.”

El libertarismo es una filosofía en busca de mejores libertarios @jeffdeist Clic para tuitear

También elegí el título para plantear el importante punto de que no necesitamos un “nuevo libertarismo” o nada tan elaborado. Gracias a los grandes pensadores que han venido antes, y que siguen entre nosotros, no tenemos que hacer el trabajo difícil –lo que es una buena noticia, ¡porque no muchos de nosotros somos lo suficientemente listos como para plantear una nueva teoría! Por el contrario, todos podemos servir felizmente como transmisores de ideas.

Algunas veces los libertarios caen en la trampa de necesitar algo nuevo, lo que podríamos definir como una trampa de la modernidad. Se ha puesto de moda imaginar que la tecnología crea un nuevo paradigma, una nueva “tercera vía” que volverá obsoleto al gobierno sin la necesidad de un desplazamiento intelectual. La era digital es tan plana, tan democrática y tan descentralizada, que será imposible que los estados inherentemente jerárquicos puedan controlarnos. El libre flujo de la información –dicen- hará inevitable el libre flujo de bienes y servicios, al tiempo en que desenmascara a las tiranías que ya no pueden ocultarles la verdad a sus ciudadanos.

Aunque ciertamente espero que esto sea cierto, no estoy tan seguro. Me parece que los estados están cambiando del ámbito nacional al supranacional, que de hecho el globalismo implica un control más centralizado a manos de un cartel emergente de estados aliados, como la Unión Europea y las organizaciones no gubernamentales –por no mencionar los llamados a la convergencia de los bancos centrales bajo una organización global como el Fondo Monetario Internacional. Deberíamos tener nuestras sospechas respecto a la noción determinista de que existe un arco inevitable en la historia humana.

Y aunque todos nos beneficiamos de las maravillas del progreso tecnológico, y le damos la bienvenida especialmente a la tecnología que le dificulta al estado el gobernarnos -por ejemplo, el Bitcoin, o Uber, o la encriptación- debemos recordar que los avances en la tecnología también facilitan que los gobierno espíen, controlen e incluso asesinen a los pueblos bajo su control.

Por ello sospecho que mientras los humanos sigan existiendo, su necia tendencia a formar gobiernos seguirá siendo un problema. La elección entre organizar las actividades humanas por medio económicos o hacerlo por medios políticos no se resolvió con la imprenta de tipos móviles, ni con la revolución industrial, o la electricidad, o los numerosos avances tecnológicos. Por lo tanto, no podemos asumir que la liberación llegará a través de la revolución digital.

No, la concepción de la libertad planteada por Rothbard se ha mantenido vigente durante casi medio siglo. Los seres humanos son soberanos sobre su mente y cuerpo, lo que significa que usted es dueño de sí mismo. De ello se deriva que el ineludible corolario de los derechos de propiedad, implicando que los individuos tienen una afirmación valida sobre los productos de sus mentes y cuerpos -axiomáticamente sabemos que los seres humanos deben actuar para sobrevivir. A partir de la autodeterminación y los derechos de propiedad llegamos a una teoría de cuándo es permisible el uso de la fuerza, específicamente en defensa propia. A su vez, estas ideas de autodeterminación, derechos de propiedad y no agresión deberían aplicar a todos, incluso cuando un grupo se reúne y se hace llamar “gobierno”. Ya que los gobiernos necesariamente usan la fuerza de muchas otras formas más allá de la defensa propia, son inválidos bajo la formulación Rothbardiana.

Es una teoría hermosa, simple y lógica. Por supuesto, al menos un cierto grado de los tres elementos: libertad individual, derechos de propiedad y un entendimiento de la ley que proteja a ambos- es necesario y presente para el verdadero progreso humano. Lo sé, lo sé: los esclavos construyeron las pirámides, aunque los egiptologistas nos dicen lo contrario, y los científicos no eran libres, pero aun así construyeron bombas nucleares -probablemente para evitar un viaje a Siberia- pero sabemos que el argumento es cierto: la libertad y el progreso humanos están inextricablemente enlazados.

Entonces, tenemos esta fantástica e irrefutable teoría Rothbardiana de la libertad. Pero no es suficiente. Murray fue enfático al respecto. Él fue el primero en destacar la importancia de las personas y el activismo, no sólo de las ideas y de la educación. Pero ¿qué clase de personas, y qué clase de activismo? Esa era la pregunta en tiempos de Murray, y sigue siéndolo en la actualidad.

  • Reconocer que la libertad corresponde a la naturaleza humana.

Si hay algún punto predominante que deberíamos recordar es el que la libertad es natural y orgánica, y corresponde a la acción humana. No requiere un “hombre nuevo.” Sin embargo, los libertarios tienen una mala tendencia a caer en el utopianismo, representando la libertad como algo evolucionado y de la nueva era. En este sentido pueden sonar mucho como los progresistas, diciendo que la libertad funcionará: cuando los humanos finalmente abandonen sus necias y anticuadas ideas acerca de la familia y la tribu, convirtiéndose en librepensadores puramente racionales (siempre lo opuesto), rechazando la mitología de la religión y la fé y abandonando sus viejas alianzas étnicas, nacionalistas o culturales, a cambio del nuevo credo hiper-individualista. Debido a lo anterior el libertario arquetípico es presentado como un actor económico casi desalmado, alguien que dejaría todo y se mudaría a Singapur mañana, sólo para ganar $20,000 dólares más en la gig economy.

Bueno, pues resulta que así no es cómo son realmente los humanos. Son frágiles, y falibles y jerárquicos e irracionales, recelosos y gregarios al menos tanto como son un grupo de heroicos Hank Reardens.

De hecho, Rothbard habla justamente al respecto en su sección respecto a la estrategia libertaria en la parte final de For a New Liberty. Él nos recuerda que los progresistas utópicos son quienes creen que el hombre no tiene naturaleza y es “infinitamente maleable.” Ellos creen que el hombre puede perfeccionarse y convertirse en el siervo ideal del nuevo orden; Por el contrario, los libertarios creemos en el libre albedrío, señala.

La libertad es consistente con la naturaleza del hombre y del mundo. Clic para tuitear

Las personas se moldean a sí mismas, y por lo tanto es un disparate esperar un cambio drástico que se adapte a nuestra estructura preferida. Nosotros esperamos que las personas actúen moralmente y creemos que la libertad brinda los incentivos adecuados para el perfeccionamiento moral, pero no dependemos de ello para hacer que la libertad funcione. De hecho, sólo el libertarismo acepta a los humanos como son, aquí y ahora. Es en este sentido que Rothbard ve a la libertad como algo “eminentemente realista,” la “única teoría que realmente consistente con la naturaleza del hombre y del mundo.”

Por lo tanto, entendamos -y promovamos- la libertad como un enfoque profundamente pragmático para organizar la sociedad, uno que resuelve problemas y conflictos al avanzar con las mejores soluciones privadas y voluntarias que estén disponibles. Rechacemos las grandilocuentes visiones y utopías de lo que siempre será un mundo desordenado e imperfecto. “Mejor, no perfecto” debería ser nuestro lema.

  • Los libertarios deberían asumir en lugar de rechazar las instituciones de la sociedad civil

Mi segundo punto se relaciona con la sociedad civil en sí misma, ya que mientras los libertarios entusiastamente aceptan a los mercados, por décadas han cometido el desastroso error de parecer hostiles a la familia, la religión, la tradición, la cultura y las instituciones cívicas o sociales -en otras palabras, hostiles a la sociedad civil como tal.

Si nos ponemos a analizarlo, esto es bizarro. La sociedad civil brinda los propios mecanismos que necesitamos para organizar a la sociedad sin el Estado. Además, siguiendo con el argumento de Rothbard acerca de la libertad y la naturaleza humana, la sociedad civil se organiza a sí misma orgánicamente, sin fuerza. Los seres humanos quien ser parte de algo más grande que ellos mismos. ¿Por qué los libertarios no logran entender esto?

Poco necesita decirse que la familia ha sido siempre la primera línea de defensa en contra el Estado, y la fuente más importante de lealtad primaria -o de lealtad dividida, desde la perspectiva de los políticos. Esa conexión con los ancestros, y nuestra preocupación por los descendientes, forma una historia en la que el Estado no es el protagonista. La familia constituye nuestro primer entorno, que por lo tanto es el más formativo -y al menos como un ideal, la familia brinda apoyo tanto material como emocional. Las familias felices realmente existen.

Sin embargo, el gobierno nos quiere atomizados, solitarios, quebrados, vulnerables, dependientes y desconectados. En consecuencia, trata de romper a las familias al quitarles a sus hijos tan pronto como sea posible, adoctrinándolos en escuelas estatales, usando las prestaciones sociales y la ley de impuestos como cuña, desalentando el matrimonio y las familias grandes, de hecho, desalentando cualquier clase de intimidad que no esté sujeta al escrutinio público, promoviendo el divorcio, etc. etc.

Todo esto podría sonar como argumentos derechistas, pero ello no los vuelve falsos.

Queremos familias fuertes, queremos familias de élite, queremos familias prósperas que no tengan miedo del gobierno. Queremos grandes familias extensas a las que las personas puedan acudir en tiempos de problemas. Y como una nota al pie: asumiendo que aproximadamente el 10% la población de los Estados Unidos está razonablemente mentalizado hacia la libertad, estamos hablando de 32 millones de personas. Imagine si cada uno de ellos tuviera tres hijos, ¡crearíamos un ejército de 100 millones de personas!

La religión forma otra importante línea de defensa en contra el Estado. De hecho, la historia entera de la humanidad no puede entenderse sin comprender el rol de la religión. Incluso actualmente un saludable porcentaje de las personas en occidente creen en Dios, más allá de su observancia religiosa. Además, la creencia en una deidad desafía por sí misma el estatus y la omnisciencia del Estado. Una vez más, la religión se presenta como un rival potencial en la lucha por la lealtad del individuo -y tiene una incómoda tendencia a resurgir sin importar qué tanto los gobiernos autoritarios traten de suprimirla.

Más allá de la familia y de la fe, hay un número infinito de instituciones no estatales que ofrecen comunidades para casi cualquier interés imaginable. Todas ellas, desde los negocios, hasta las organizaciones sociales y cívicas, realizan la función civilizadora de organizar a las personas sin el poder estatal.

Queremos familias fuertes y prósperas, que no tengan miedo del gobierno. Clic para tuitear

Permítanme también plantear un punto importante: es razonable creer que una sociedad más libertaria sería menos libertina y más conservadora culturalmente -por la simple razón de que, conforme el Estado se reducen importar si poder, las largamente suprimidas instituciones de la sociedad civil crecerían en importancia y poder. Además, en una sociedad más libertaria, es más difícil imponerle a los demás los costos de nuestro estilo de vida. Si usted depende de la ayuda que le brinden la familia, la Iglesia o la caridad, estas quizá impondrán condiciones para ese apoyo.

Les aseguro que no estoy interesado en conocer o juzgar sus creencias personales o sus preferencias de estilo de vida – y tampoco lo estaba Murray Rothbard. por supuesto, el libertarismo como tal no tiene nada que decir acerca de la forma en que vive el individuo. Sin embargo, sigue siendo cierto que la sociedad civil debería ser celebrada a cada momento por los libertarios. Creer lo contrario es ignorar lo que los humanos realmente quieren y realmente hacen, que es crear comunidades. Hay una palabra para definir a las personas que no creen en nada: ni en el gobierno, ni en la familia, Dios, la sociedad, la moralidad, o la civilización. Esa palabra es “nihilista”, no libertario.

  • El universalismo político no es la meta.

Mi argumento final es acerca de la terca tendencia de los libertarios a promover alguna clase de arreglo político universal. Hasta el punto en que existe una meta política para los libertarios, esta es la de permitirle a los individuos vivir como crean conveniente. La meta política es la autodeterminación, al buscar reducir el tamaño, ámbito y poder del Estado.

Sin embargo, la idea de los principios libertarios universales se mezcló con la idea de las políticas libertarios universales. El vive y deja vivir se reemplazó con la noción de una doctrina libertario universal, muchas veces acompañada de un elemento cultural.

Debido a esto, los libertarios suelen caer en la trampa de sonar como los conservadores y los progresistas, que se imaginan a sí mismos como si estuvieran cualificados para dictar arreglos políticos en todas partes de la tierra. Sin embargo, ¿qué tiene de libertario decirles a otros países qué hacer? ¿No debería ser nuestra meta política la autodeterminación radical, en lugar de los valores políticos universales?

Ya es suficientemente malo escuchar a los neoconservadores en la televisión, mientras hablan de lo que es mejor para Siria, o Irak, o Corea del norte, o Rusia, desde sus cómodos percheros occidentales. Sin embargo, es incluso peor escuchar esto de parte de los libertarios en Reason. Ello es un error tanto político como táctico.

La doctrina universalista va más o menos así: El voto democrático es el derecho político sagrado en un mundo post monárquico. Resulta en democracias sociales con robustas redes de seguridad, capitalismo regulado, protecciones legales para las mujeres y las minorías, y normas ampliamente con censadas en cuanto a temas sociales. Las concepciones occidentales de los derechos civiles ahora aplican en todos lados, y a través de la tecnología podemos superar las antiguas fronteras de los estados nación.

Los sabores son ligeramente diferentes: los liberales de izquierda enfatizan un estado administrativo supranacional (“un gobierno mundial”), mientras que los conservadores enfocan en esquemas de comercio globalmente administrados y en “exportar la democracia.” Sin embargo, ambos bandos pasaron el siglo XX insistiendo en que sus acuerdos políticos preferidos son aplicables en todos lados, e inevitables en todos lados.

Esta narrativa no le ayuda los libertarios. El universalismo brinda los apoyos filosóficos para el globalismo, pero el globalismo no es libertad: en lugar de ello, amenaza con crear nuevos niveles de gobierno. Por otra parte, el universalismo no es ley natural; de hecho, suele estar directamente enfrentado con la naturaleza humana y la (verdadera) diversidad humana.

Más aún, resulta que muy pocas cosas realmente están consensadas a nivel universal. No lo está la gobernanza, ni los derechos, ni el rol de la religión, ni la migración, ni el capitalismo, ni el neoliberalismo. Ya de por sí tenemos una labor lo suficientemente difícil ganando el respeto para la libertad individual y los derechos de propiedad en occidente, donde contamos con una fuerte tradición de derecho consuetudinario.

Aun así, los libertarios están ocupados promoviendo el universalismo incluso mientras el mundo se mueve en la dirección opuesta. Trump y el Brexit golpearon la narrativa globalista. El nacionalismo está en ascenso lo largo de Europa, poniendo a la unión europea a la defensiva, existen movimientos de secesión en Escocia, en Cataluña, en Bélgica, en Andalucía, incluso en California. El federalismo y los derechos de los estados son repentinamente populares con los progresistas en los Estados Unidos. El mundo desesperadamente quiere darle la espalda a Washington y a Bruselas, y a las Naciones Unidas, y al Fondo Monetario Internacional, y a todas las instituciones globalistas. las personas promedio sospechan un engaño.

Deberíamos aprovechar esto.

La Meca no es París, un irlandés no es un aborigen, un budista no es un Rastafariano, una soccer mom no es un ruso. ¿Es nuestra meta convencerlos a todos de convertirse en rigurosos Rothbardianos? ¿Deberían los libertarios preocuparse acerca el matrimonio homosexual en Arabia Saudita, o insistir en que las mismas condiciones fronterizas de Mónaco existan en Brownsville, Texas? ¿Deberíamos agitar en Francia, promoviendo leyes de portación abierta de armas al estilo de Texas, para prevenir el siguiente Bataclan?

O, por el contrario, ¿no estaría mejor empleado nuestro tiempo en promover la descentralización política, la secesión y la subsidiariedad? En otras palabras, ¿deberíamos dejar que Malta sea maltesa?

Ludwig von Mises rechazó el universalismo, y vio la autodeterminación como la más elevada meta política. Murray Rothbard planteó el argumento de que las naciones orgánicas se separen de las naciones políticas, en una de las últimas cosas que escribió -un artículo titulado Naciones por Consenso.

En otras palabras, la autodeterminación es la máxima meta política. Es el camino a la libertad, aunque sea imperfecta. Un mundo de 7 mil millones de individuos auto gobernados es el ideal, pero a falta de ello deberíamos preferir los Liechtensteins que las Alemanias, y los Luxemburgos que las Inglaterras. Deberíamos apoyar el derecho de los estados a la federalización en los Estados Unidos, y aplaudir el rompimiento la Unión Europea. Deberíamos respaldar los movimientos secesionistas en lugares como Cataluña, Escocia y California. Deberíamos favorecer el control local por sobre las lejanas legislaturas y cuerpos administrativos, y por lo tanto rechazar los acuerdos comerciales multilaterales. Deberíamos, en resumen, preferir lo pequeño que lo grande, cuando se trata del gobierno.

La descentralización política, la secesión, la subsidiariedad y la nulificación son mecanismos que nos acercan a nuestra meta política de autodeterminación. Insistir en acuerdos políticos universales es un enorme error táctico para los libertarios. Es precisamente porque no sabemos lo que es mejor para 7.5 mil millones de personas en el mundo, que somos libertarios.

Conclusión: ¿por qué pelearían?

Para concluir, mencionaré un intercambio de correos electrónicos que tuve recientemente con el bloguero Bionic Mosquito. ¡Si ustedes no están leyendo a Bionic Mosquito, deberían hacerlo! Le hice la misma pregunta hipotética que tengo para ustedes: ¿Por qué pelearías? La respuesta a esta pregunta nos dice mucho acerca de los temas que deberían preocupar a los libertarios.

Con ello me refiero a por qué razón ustedes pelearían físicamente, sabiendo que hacerlo pudiera implicar lesiones serias o la muerte, o arresto y encarcelamiento, o la pérdida de su casa, su dinero y sus posesiones.

La sangre y el suelo, y Dios y la nación, le siguen importando a la gente. Clic para tuitear

Estoy seguro de que todos nosotros pelearíamos por nuestras personas físicas si fuéramos atacados, o por nuestras familias y fueran atacadas. Quizá podríamos pelear también por amigos cercanos. Quizá incluso por nuestros vecinos. De hecho, quizá nos guste pensar que en algunas circunstancias defenderíamos físicamente a un completo extraño, por ejemplo, a una anciana a que está siendo atacada y asaltada.

Además, tal vez pelearíamos por otros pueblos y comunidades, si estos fueran físicamente invadidos por una fuerza externa, incluso aunque no conocemos personalmente a todas las personas en osos pueblos y comunidades.

También podríamos pelear por la propiedad, quizá no con tanta ferocidad. Ciertamente protegería más nuestros hogares, pero ello es debido a las personas que se encuentran adentro. ¿Qué pasaría con los vehículos? ¿Se involucraría en la confrontación física con un ladrón armado que estuviera llevándose su vehículo? ¿O lo dejaría ir, sin arriesgarse a las lesiones o la muerte, sólo para salvar su auto? ¿Qué pasaría con su billetera? ¿Qué pasaría si el instituida robando el 40% de su ingreso, como muchos gobiernos lo hacen? ¿Tomaría usted las armas para evitarlo?

Probablemente no pelearíamos por el bitcoin, o la neutralidad e Internet, o un aumento en el impuesto sobre ganancias de capital. ¿Y que tal respecto a una abstracción, como pelear por “su país” o por la libertad, o por su religión? Aquí es donde las cosas se vuelven más tenues. Muchas personas han peleado y pelearán por dichas abstracciones. Sin embargo, si le pregunta los soldados ellos le responderán que en el calor de la batalla realmente están peleando por sus compañeros, para proteger a los hombres en sus unidades -y para cumplir con un sentido personal del deber.

En otras palabras, la sangre y el suelo, y Dios y la nación, le siguen importando a la gente. Los libertarios ignoran esto a riesgo de ser irrelevantes.

Muchas gracias.

Traducido por: Gerardo Garibay Camarena / GaribayCamarena.com

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Presidente del Mises Institute.

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Occidente es una idea portátil, no sangre y suelo

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Occidente es una idea portátil, no sangre y suelo

por: Jeffrey A. Tucker

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No todo el que va celebrando los logros de occidente y lamentando su destrucción es un amigo de la libertad. Hemos sabido esto desde hace por lo menos un siglo, cuando el aclamado historiador alemán escribió su magistral obra “La decadencia de occidente” (1919).

El libro abarca 800 páginas acerca de la magnificencia de las artes, ciencias, literatura y riqueza occidental, pero eso no es su tesis. El propósito del tratado era lanzar una obscura advertencia: Occidente debe tribalizarse bajo un nuevo Cesarismo, y rápido, antes de que las otras poderosas tribus del mundo ganen la lucha por el control.

¿Occidente es una idea o una nación? La respuesta es muy relevante Clic para tuitear

Las ideologías del liberalismo y el socialismo están muertas, escribió Spengler, al igual que la economía basada en dinero, que es demasiado delgada y débil para entrar en la lucha por el control de la historia. Una nueva forma de dictadura, respaldada por la visión y voluntad consciente de los amos políticos, que guíen al pueblo, era necesaria para ganar el día.

El gran libro de Spengler fue recibido con una sorprendente aclamación pública, pero ¿qué presagiaba? Observe a la Europa de entre guerras y lo verá.

El discurso de Polonia

El libro viene a la mente por el discurso de Donald Trump en Polonia, que fue algunas veces bello e inspirador, y otras extrañamente ominoso. Tomó algunos días, pero gradualmente las personas se están dando cuenta de que el discurso redactado por el consejero de políticas públicas Stephen Miller fue más que una recitación de las usuales trivialidades políticas. Fue una propuesta para reenfocar la filosofía de gobierno de los Estados Unidos a un nivel profundo, e  inculcar la consciencia de la singular identidad y misión de lo que él repetidamente llamó “Occidente” –un término que no había tenido resonancia política en décadas.

Occidente, en la forma que el discurso lo planteó, no es sólo una idea, sino un pueblo, una nación en sí misma, unida por grandes logros, incluyendo el triunfo en grandes conflictos. Por ejemplo, el discurso recordó el remarcable heroísmo de aquellos que resistieron a los nazis en el alzamiento de Varsovia, de 1943, y fue más allá para celebrar la resistencia más reciente a la ocupación soviética.

La forma en que recordó la historia fue simplemente maravillosa e inspiró al público a una incesante ovación de pie.

Además buscó forjar una solidaridad –incluso una identidad- entre Polonia y los Estados Unidos, como algo específico llamado Occidente, que Trump describió hermosamente de la siguiente manera.

“No hay nada como nuestra comunidad de naciones. El mundo nunca ha visto algo como nuestra comunidad de naciones. Escribimos sinfonías. Nos dedicamos a la innovación. Celebramos a nuestros antiguos héroes, abrazamos nuestras ancestrales tradiciones y costumbres, y siempre buscamos explorar y descubrir nuevas fronteras. Recompensamos la genialidad. Nos esforzamos por la excelencia, y valoramos a las inspiradoras obras de arte que honran a Dios. Atesoramos el estado de derecho y protegemos el derecho a la libertad de expresión. Empoderamos a las mujeres como pilares de nuestra sociedad y nuestro éxito. Ponemos a la fe y a la familia, no al gobierno y la burocracia, en el centro de nuestras vidas. Y debatimos todo. Desafiamos todo. Buscamos saber todo, de forma que podamos conocernos mejor a nosotros mismos.”

He escrito en contra de buena parte de las políticas y comportamientos de Trump, pero estas palabras son emotivas y verdaderas (al igual que mucho del libro de Spengler) y ya era tiempo de que alguien las pronunciara en esta generación. Sin embargo, noten lo que es diferente acerca de su planteamiento. Él se esforzó en decir que estos rasgos le pertenecen a una cierta “comunidad de naciones”, un pueblo específico unido detrás de una cierta forma de vida.

A diferencia de sus predecesores, se negó a describir esto como sellos distintivos del ideal humano, como un anhelo universal, sino que centró su visión en un pueblo particular –no en las ideas que mantienen las personas (las ideas pueden portarse donde sea), sino de algún modo como algo encarnado en un sector demográfico en particular.

Dos enemigos

Trump además alertó que Occidente está bajo una profunda amenaza de dos enemigos: el arrogante estado burocrático y la invasión de una ideología externa (el Islam radical). Para luchar contra estas dos amenazas, Trump prescribió una nueva consciencia de la singularidad de la tradición occidental.

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si occidente todavía tiene la voluntad para sobrevivir. ¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo? ¿Tenemos el suficiente respeto hacia nuestros ciudadanos como para proteger las fronteras? ¿Tenemos el deseo y el valor de preservar nuestra civilización frente a aquellos que la subvertirían y destruirían?”

¡Es mucho para analizar! Trump está posicionando una amenaza existencial que solo puede enfrentarse con una consciencia activa de la identidad. ¿A qué lleva esta consciencia? A la disposición de defender, al valor para pelear, al deseo de sobrevivir. ¿En defensa de qué? Una forma de vida que reside dentro de un angosto rango de la experiencia humana. No es universal.

Esta no es sólo mi interpretación. David French, del National Review, perspicazmente contrasta el discurso de Trump con mensajes de Bush y Obama, y observa que: Trump “localizó directamente en un contexto occidental los valores que otros presidentes han considerado como universales, y rechazo específicamente el universalismo y la equivalencia moral.”

El artículo de French parece representar muchas opiniones en la derecha del espectro político, donde las personas están hartas de sentir como si necesitaran disculparse por los logros de Occidente y que deberían enorgullecerse de ellos. Como dice French, Trump se esforzó en ubicar estos logros históricos en la experiencia de un pueblo en particular, emparejado con una visión Judeo-Cristiana igualmente particular.

Sin embargo, realmente hay una diferencia entre celebrar a la libertad y participar en un crudo chauvinismo cultural. Hay un mundo de diferencia entre el argumento de que la libertad se desarrolla a partir de ciertas instituciones (“Lo primordial,” dijo Ludwig von Mises, es “la idea de la libertad respecto al estado”) y alegar que esta se encuentra enraizada en la sangre y el sueño.

¿Dónde está la libertad?

La visión de que la sangre-y-suelo son lo que hace grande a una civilización se contradice ante nuestros propios ojos. El mundo actual muestra el éxito de la libertad y los derechos en muchas culturas a lo largo del planeta. Los mercados existen en todo el mundo. También los derechos humanos y el estado de derecho. También las sinfonías, la gran arquitectura, la innovación, la libertad de expresión, y el arte. Donde sea que a las personas se les de libertad respecto al estado, prosperan.

Para demostrarlo basta consultar el Índice de Libertad Económica. Campeones que incluyen a Hong Kong, Singapur, Australia, Mauricio, los Emiratos Árabes Unidos y Chile, están esparcidos en todo el globo y abarcan muchas razas. Lo que tienen en común no es sangre, religión, geografía o idioma, sino eso primordial, la libertad.

Donde sea que a las personas se les da libertad respecto al estado, prosperan. Clic para tuitear

Una cosa es señalar que aquello a lo que llamamos Occidente fue el primero en desarrollar plenamente ideas liberales. Esto hace la idea de Occidente un tema de documentación histórica y un hecho indiscutible. Pero es completamente distinto el postular que pertenece a un cierto pueblo por derecho de …¿qué? Este fue el aspecto no hablado del discurso de Trump. ¿Qué es lo que verdaderamente quiere decir? ¿Es la religión, la geografía, los grandes líderes, el lenguaje o …la raza, quizá?

Escuchando entre líneas

El prospecto de que el discurso de Trump fue en realidad el disfraz de una agenda más obscura llevó a Peter Beinart a declarar que el mensaje de Trump fue nada más que un ejercicio de paranoia política y racial. El Occidente no es una definición geográfica, ya que “Polonia está más al este que Marruecos. Francia está más al este que Haiti. Australia está más al este que Egipto. Sin embargo Polonia, Francia y Australia son consideradas parte de Occidente. Marruecos, Haiti y Egipto, no.”

Si no es geográfica, ¿Qué es?

“Polonia es mayormente homogénea en términos étnicos. Así que cuando un presidente polaco dice que ser occidental es parte de la identidad nacional, está básicamente definiendo a Polonia en contraste con las naciones hacia el este y el sur. América es racial, étnica y religiosamente diversa, así que cuando Trump dice que ser occidental es la esencia de la identidad americana, está en parte definiendo a América en oposición a parte de su propio pueblo. No está hablando como presidente de los Estados Unidos. Está hablando como el jefe de una tribu.”

Antes de rechazar los argumentos de Beinart como los divagues de un provocador racial de izquierdas, considere que la formulación de Trump respecto a Occidente como un pueblo y una experiencia, más que como una idea, representa un significativo alejamiento de los antiguos ideales liberales. En particular, el discurso añade un giro particular a los ideales de la ilustración que asignamos a pensadores como Hume, Locke, Smith y Jefferson, canalizándolos a través del lente de una tradición de pensamiento opuesta a esos ideales. Lo que realmente está proponiendo es otra forma de política identitaria, que rechaza al universalismo en hechos y metas.

El problema con el universalismo

Ciertamente, la causa de los derechos universales ha sido usada como pretexto para violar esos mismos derechos. Cuando Condoleezza Rice dijo que la libertad y la democracia le pertenecen a todos, estaba justificando la clase de construcción nacional por las que fueron conocidas las administraciones de Bush y Clinton. A lo que lleva esta política en los hechos no es a la libertad, mucho menos a la democracia, sino al caos del estilo que vemos en las naciones destrozadas por la guerra en el medio oriente. El universalismo de esta clase deriva en imperialismo.

Esa es la clase equivocada de universalismo. Imagina que ya que todos tienen derechos humanos, la nación más poderosa debería garantizarlos a la fuerza, incluso a costa de los derechos humanos de aquellos descartados como “daño colateral”. La crítica de esta visión también es correcta. La libertad crece de un firmamento cultural, gradualmente, como una extensión de los corazones de la gente. No puede imponerse a punta de pistola, ya sea que lo intenten los neoliberales de tendencia izquierdista o los neoconservadores de tendencia derechista.

Muchas personas que actualmente apoyan las políticas de Trump han identificado este mismo problema con las políticas universalistas, pero ¿están escogiendo el reemplazo correcto? Debe haber una alternativa al “universalismo” imperialista, además del proteccionismo, el aislamiento, el chauvinismo cultural y la supremacía religiosa-racial.

La verdadera alternativa liberal

De hecho, sí hay una alternativa. Alguna vez fue llamada liberalismo y hoy es conocida como liberalismo clásico o libertarismo. Respecto a este problema, la doctrina puede resumirse de esta forma: derechos universales, localmente aplicados. Reconoce que el anhelo de libertad es un ideal universal, pero previene en contra de cualquier intento de que los gobiernos usen su poder, a expensas de la libertad, para imponerla.

Siguiendo a Tocqueville, reconoce las tradiciones culturales y populares de los pueblos, reconociendo que hay infinitas maneras en las que los derechos universales se integran en la experiencia humana real. Es tolerante y respetuosa de todas. En los escritos de Ludwig von Mises, este liberalismo ve su realización en límites al poder estatal, la libertad de expresión y movimiento para todos los individuos, el libre comercio y la paz y armonía entre los pueblos y naciones.

El liberalismo de esta clase no descansa en una obscura visión Hegeliana de la historia, como la expresada por Oswald Spengler hace un siglo. Un nuevo Cesarismo no salvará a Occidente, sino que le arrebataría su característica más definitoria: la libertad del individuo respecto al estado.

Los nuevos moderados

¿Dónde deja esto a aquellos de nosotros que no podemos apoyar la visión de Trump o de aquellos que la desprecian? Quizá nos deja en una posición envidiable.

Jimmy Wales, de Wikipedia hizo un comentario fugaz en la FEEcon que me impactó. Desde hace mucho él ha sido un estudiante del trabajo de F.A. Hayek y un sólido libertario. Él dice que estos días se siente menos estridente que nunca antes, por una simple razón. La izquierda y la derecha se han vuelto intensamente partidistas, irracionales, internas y vituperantes en sus lealtades tribales, y eso es precisamente lo que quieren sus líderes. Hay dos tribus peleando por el botín de un sistema corrupto y fracasado. En esa guerra nadie puede ganar.

La alternativa es: derechos universales, localmente aplicados Clic para tuitear

Esto ha puesto a Wales y a muchos de nosotros en la implausible posición de sentirnos como moderados. Somos capaces de razonar con cualquier persona razonable, sin cambiar nuestros principios. Un libertario puede ser la persona más radicalmente moderada en la sala.

El camino hacia adelante es abandonar el anhelo de un gran y decisivo conflicto tribal, y movernos hacia un sistema de paz, prosperidad y armonía social para todos. No se trata de la sangre y el suelo. Se trata acerca de la búsqueda de la felicidad, que es derecho de todas las personas.

El mensaje de que la libertad universal no necesita caudillos tribales nunca ha sido más atractivo, o más necesario.

*Publicado originalmente por: https://fee.org/articles/the-west-blood-and-soil-or-portable-idea/ 

*Traducido por: Gerardo Enrique Garibay Camarena

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Jeffrey Tucker es Director de Contenido en la Foundation for Economic Education, Chief Liberty Officer de Liberty.me, investigador del Acton Institute, y autor de 5  libros.

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En Breve: 4 de Julio

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De Roma a Venezuela, eterno fracaso socialista

por: Gerardo Garibay Camarena

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El 4 de julio de 1776 los Padres Fundadores firmaron la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que dio origen a una nueva nación independiente, resultado no de la calentura improvisada de un demagogo mañanero (como en otros casos que conocemos) sino de una reflexión amplia y respaldada por los representantes electos por la sociedad para participar en el Congreso Continental.

La independencia de Estados Unidos cambió al mundo. Clic para tuitear

Lo hicieron basados en el principio de que son evidentes estas verdades: que las personas son creadas iguales; que son dotadas por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

No eran perfectos, ni mucho menos, como ningún ser humano lo es, pero lograron sentar las bases de la república más grande y exitosa de la historia, y cambiaron al mundo.

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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El victimismo se ha convertido en símbolo de estatus

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Ser víctima se ha convertido en el máximo estatus

por: Sean Rife

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En años recientes, los activistas universitarios se han convertido en un aspecto cada vez más visible de la vida norteamericana. En 2015, los profesores de Yale Nicholas y Erika Christakis fueron atacados por alentar a los estudiantes a considerar en forma crítica una nueva política universitaria sobre los disfraces de Halloween. La controversia alcanzó el punto de ebullición cuando Nicholas Christakis se encontró con los manifestantes estudiantiles en un patio y trató de dialogar con ellos:

Más recientemente, el académico del American Enterprise Institute, Charles Murray y la profesora del Middlebury College, Allison Stanger, fueron asaltados poco tiempo después de ser expulsados del salón en el que Murray estaba agendado para hablar. Los manifestantes tuvieron éxito en callar su conferencia tan sólo hablando más fuerte que el:

Este comportamiento es condenable por una serie de razones, la menor de las cuales es que mucho de lo que los manifestantes están gritando es simplemente incorrecto (por ejemplo, Murray ha apoyado desde hace mucho tiempo el matrimonio homosexual, pero el grito de “racista, sexista, anti-gay” es demasiado bueno como para dejarlo). El que los manifestantes eventualmente recurrieron a la violencia nos muestra su certidumbre moral (un proceso que puede ser observado en otras protestas similares), lo que es mucho más preocupante.

Aun así, hay personas aparentemente respetables que están dispuestas a defender esta clase de salvajismo. Escribiendo para Slate, Osita Nwanevu argumentó que los manifestantes estaban en lo correcto (y presumiblemente, que la violencia que utilizaron fue aceptable) debido a Trump: “en la era de Trump, ¿deberíamos estar del lado de quienes insisten que los prejuiciosos deben pasar sin obstáculos a través de nuestros salones de aprendizaje? ¿O deberíamos atrevernos a estar en desacuerdo?” En Inside Higher Education, John Patrick Leary tuvo la ocurrencia de decir que los manifestantes tenían “todo el derecho de callarlo (a Charles Murray)”.

El desacuerdo es una cosa, pero el callar a los oponentes o -peor aún- caer en la violencia en un esfuerzo para silenciarlos, es algo distinto.

Evolución cultural: del honor a la dignidad

En un país que tradicionalmente ha presumido su tolerancia hacia la expresión de un diverso rango de opiniones, ¿cómo llegamos aquí? Tomemos un momento para revisar la evolución cultural norteamericana.

Cualquiera que piense que el feo tono de la política estadounidense actual es una anomalía histórica debería dar un pequeño paseo por la avenida Google y leer acerca del duelo entre Hamilton y Burr. La versión corta va así: Alexander Hamilton (antiguo secretario del tesoro) y Aaron Burr (vicepresidente de los Estados Unidos) eran rivales políticos desde hace mucho. Al enterarse de que Hamilton había hecho comentarios particularmente hirientes acerca de él en una fiesta en la ciudad de Nueva York, Burr desafía a Hamilton a un duelo. El 11 de julio de 1804, Burr le disparó a Hamilton, que murió el día siguiente.

Las culturas del honor alientan la violencia, y eso es algo a lo que no debemos volver Clic para tuitear

Este sórdido momento en la historia norteamericana es un clásico ejemplo de lo que los científicos sociales llaman una “cultura del honor” -es decir, una cultura en donde la reputación se construye y mantiene a través de una actitud protectora y de la agresión hacia quienes tratan de ejercer su dominio. La reputación -lo que otros piensen de usted- es lo más importante.

Afortunadamente dichas culturas son muy raras en el mundo occidental, habiendo sido mayoritariamente sustituidas por lo que el sociólogo Peter Berger definió como la “cultura de la dignidad”. En las culturas de la dignidad, el valor de la persona es interno y aislado de la opinión pública. Lo que importa más es cómo uno maneja las pequeñas piedras y flechas que acompañan muchas interacciones humanas; una persona con dignidad lo hace de forma serena, usualmente tratando con la parte agresora directamente y en privado, si es que llega a hacerlo.

Las culturas de la dignidad son necesariamente individualistas. No hay una noción ampliamente esparcida de una culpa común. La voluntad humana es, por implicación, lo más importante. No debería ser una sorpresa que, durante la mayor parte del siglo XX, las sociedades occidentales han evolucionado para valorar a la dignidad por encima del honor.

Déjenme ser claro: Pasar de la cultura del honor hacia la de la dignidad es algo bueno. La mayoría de nosotros retrocederíamos horrorizados ante el pensamiento de que Mike Pence mate a Jack Lew en un duelo. No considero que este punto sea controversial. Algunas culturas son mejores que otras, y la cultura occidental de la actualidad ciertamente es moralmente superior a sus realidades previas, donde la esclavitud, el sexismo y la segregación era la norma. Una cultura donde la dignidad representa el estándar en lugar del honor debería ser considerada como una mejora apreciable.

Cultura del victimismo

Sin embargo, para muchos jóvenes americanos (y sí, este parece ser un fenómeno singularmente estadounidense), la noción de soportar en silencio las dificultades personales ha pasado de moda. Regresando al tema inicial: creo que mucho de lo que hemos observado en los campus universitarios durante los últimos años puede explicarse por el ascenso de lo que los sociólogos Bradley Campbell y Jason Manning llaman “la cultura del victimismo”. Ellos explican:

La cultura del victimismo es una caracterizada por su preocupación con el estatus y su sensibilidad al desprecio, combinada con una gran dependencia respecto a los terceros. Las personas son intolerantes a los insultos, incluso si estos fueron involuntarios, y reaccionan llevándolos ante la atención de las autoridades o del público en general. El dominio es la principal forma de anormalidad, y la victimización es el modo de atraer simpatía, de forma que, en lugar de enfatizar su fortaleza o valor interno, los agraviados enfatizan su opresión y marginalización social.

En los campus universitarios hay un honor perverso en declararse oprimido. Clic para tuitear

Observe los vídeos otra vez: estos estudiantes están demostrando precisamente el comportamiento que describen Campbell y Manning. Están demandando el reconocimiento de varios estatus como víctimas, y no están dispuestos a participar en ninguna clase de diálogo con aquellos con quienes están en desacuerdo. La categoría de “víctima” es un absoluto moral: nadie puede argumentar en favor de su falibilidad.

Sin embargo, nuestro entendimiento de la cultura del victimismo y su relación con las guerras culturales en los campos universitarios estaría incompleta sin un reconocimiento proporcional de lo que Nick Haslam llama arrastre de concepto: nuestro entendimiento de lo que constituye un daño se amplía para incluir desaires verbales involuntarios, en lugar de limitarse a agresiones físicas deliberadas.

Esto puede observarse lo largo de los vídeos en cuestión, pero es particularmente visible en un punto de la discusión Yale/Christakis, cuando las quejas giran hacia la hipérbole: en respuesta a un intento de Christakis para apelar a la humanidad común de todos los presentes, un estudiante le replicó que dicha apelación es inapropiada “¡porque nosotros estamos muriendo!”.

Es difícil entender como un estudiante en una de las mejores universidades del mundo -bien posicionado para entrar en los pasillos del poder después de su graduación- podría razonablemente ser considerado como integrante de un grupo oprimido, mucho menos como parte de un grupo que está siendo exterminado. Los estudiantes de Yale, sin importar su raza o etnia, están entre la élite social y cognitiva. La idea de que un simple correo electrónico acerca de los disfraces de Halloween podría constituir una amenaza existencial es poco menos que delirante.

Sin embargo, darnos cuenta de ello seguramente no sofocará la clase de alzamientos observados en Yale y Middlebury. Como señalan Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, los estudiantes en estos casos seguramente están inmersos en una especie de razonamiento emocional: haciendo inferencias acerca del estado del mundo con base en sus sentimientos, en lugar de intentar evaluar la situación desde una posición que valore la objetividad

A dónde va la cultura del victimismo

Promover el victimismo como un estado meritorio, mientras que al mismo tiempo se expande el criterio por el cual este se define, significa que aquellos que buscan el estatus social están en competencia constante. Estas “Olimpiadas de la opresión” (como algunos las han definido) significan que el estatus de ser marginados se definirá de una forma cada vez más divisible. De esta forma, la cultura del victimismo siembra las semillas de su propia destrucción.

En un giro irónico, la cultura del victimismo se asemeja a la cultura del honor en formas sorprendentemente variadas: Por ejemplo, ambas demandan que las quejas sean atendidas, muchas veces en público. Podría incluso argumentarse que el victimismo ha obtenido una posición privilegiada que es imposible de desafiar sin recurrir en significativos costos sociales. Una nueva serie de normas han emergido en los campus universitarios, donde hay un honor perverso en declararse oprimido.

En las olimpiadas de la opresión se compite por ser la víctima más compadecida Clic para tuitear

De hecho, no es una sorpresa que la cultura del victimismo se haya elevado a la prominencia en las universidades de élite de una de las naciones más ricas del mundo. Sólo bajo condiciones tan relativamente cómodas podría prosperar esa clase de tontería.

De hecho, cualquier cosmovisión que premia el victimismo no puede sobrevivir fuera del entorno enclaustrado de un campus universitario. El mundo real -con sus mercados laborales, pagos de hipoteca y responsabilidades adultas- tiene una forma de alentarnos a valorar la dignidad por encima del victimismo. El capitalismo insiste en los resultados, está relativamente poco preocupado con nuestras subjetivas evaluaciones emocionales del mundo.

Esta es la razón principal por la que no debemos tomar demasiado en serio a los manifestantes en Yale y Middlebury. Serán forzados a enfrentarse con el mundo real y dejar su activismo atrás.

Publicado originalmente por Learn Liberty y traducido a partir de su versión publicada en FEE.org

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Profesor asistente psicología en la Murray State University.

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Europa firma su propia sentencia de muerte

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Europa firma su propia sentencia de muerte

por: Douglas Murray

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*Publicado originalmente por The Times y Extraído del libro The Strange Death of Europe, de Douglas Murray, publicado por Bloomsbury. puede adquirirse aquí.

Europa está cometiendo suicidio. O al menos sus líderes han decidido cometer suicidio. Si los pueblos europeos eligen seguir el juego es, naturalmente, otro tema. Cuando digo que Europa está en el proceso de matarse a sí misma, no me refiero a que el peso de las regulaciones de la Comisión Europea se ha vuelto excesivo, o a que la Convención Europea sobre los Derechos Humanos no ha hecho lo suficiente para satisfacer las demandas de una comunidad en particular.

Me refiero a que la civilización que conocemos como Europa está en el proceso de cometer suicidio, y que ni la Gran Bretaña, ni ninguna otra nación europea occidental puede evitar este destino, porque todos parecemos sufrir de los mismos síntomas y padecimientos.

Como resultado, para cuando termine el tiempo de la mayoría de las personas que están vivas actualmente, Europa ya no será Europa, y los pueblos de Europa habrán perdido el único lugar en el mundo que teníamos para llamar hogar.

Actualmente Europa tiene pocos deseos de reproducirse, de pelear por sí misma o incluso de tomar su propio lado en una discusión. Aquellos en el poder parecen convencidos de que no importaría si los pueblos y la cultura de Europa se perdieran para el mundo.

Europa está cometiendo suicidio. O al menos sus líderes han decidido cometerlo. Clic para tuitear

No hay una causa exclusiva de la presente enfermedad. La cultura producida por los tributarios de la civilización judeocristiana, los antiguos griegos y romanos y los descubrimientos de la ilustración, no ha sido demolida por nada. Sin embargo, el acto final ha sucedido a causa de dos concatenaciones simultáneas -series de eventos enlazados- de los cuales ahora es prácticamente imposible recuperarse.

El primero es el movimiento masivo de personas hacia Europa. En todos los países europeos occidentales este proceso comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, a causa de la falta de trabajadores. Pronto Europa se enganchó a la migración y no podría detener el flujo incluso si lo hubiera querido.

El resultado es que lo que había sido Europa -el hogar de los pueblos europeos-gradualmente se convirtió en un hogar para el mundo entero. Los lugares que habían sido europeos gradualmente se convirtieron en algo más.

Todo el tiempo los europeos encontraron formas de pretender que este flujo podría funcionar, al imaginarse, por ejemplo, que dicha migración era normal, o que, si la integración no sucedía con la primera generación, entonces quizás tendría lugar con sus hijos, nietos u otra generación todavía por venir. O que no importaba si las personas integraban o no.

Todo el tiempo desestimamos la mayor probabilidad de que esto simplemente no funcionaría. Ésta es una conclusión que la crisis migratoria de los últimos años ha simplemente acelerado.

Ello me trae a la segunda concatenación, ya que incluso el movimiento masivo de millones de personas hacia Europa no hubiera sonado la nota final para el continente, de no ser por el hecho de que (por coincidencia o no) al mismo tiempo Europa perdió la fe en sus creencias, tradiciones y legitimidad.

Europa perdió la fe en sus creencias, tradiciones y legitimidad. Clic para tuitear

Hoy en día, más que cualquier otro continente o cultura en el mundo, Europa está profundamente aplastada por la culpa respecto a su pasado. Junto con esta versión extrovertida de auto desconfianza, corre una versión más introvertida de la misma culpa, pues también existe el problema en Europa de un cansancio existencial y de un sentimiento de que, quizá, para Europa la historia se ha terminado y se debe permitir que una nueva historia comience.

La migración masiva -el reemplazo de grandes partes de las poblaciones europeas con otros pueblos- es una forma en la que esta nueva historia se ha imaginado: un cambio. Dicho cansancio existencial de la civilización no es un fenómeno singularmente europeo en los tiempos modernos, pero el hecho de que una sociedad sienta que se ha quedado sin fuerza, precisamente en el momento en que otra nueva sociedad ha comenzado a mudarse (en su territorio), no puede sino llevar a grandes cambios de época.

De haber sido posible discutir estos temas, alguna solución podría haberse encontrado. Viendo hacia atrás, es notable cuánto restringimos nuestra discusión, incluso mientras abríamos nuestro hogar al mundo.

Hace 1000 años los pueblos de Génova y Florencia no estaban tan entrelazados como ahora lo son, pero hoy todo son reconociblemente italianos, y las diferencias tribales han tendido a disminuir en lugar de crecer con el tiempo.

El pensamiento actual parece ser el de que, en alguna etapa de los años por venir, los pueblos de Eritrea y Afganistán estarán tan entrelazados dentro de Europa como los genoveses y los florentinos se han fundido en Italia. El color de piel de los individuos provenientes de Eritrea y Afganistán podría ser diferente, sus orígenes étnicos podrían ser más alejados, pero Europa seguiría siendo Europa, y sus pueblos seguirían unidos en el espíritu de Voltaire y de San Pablo, de Gante, Goethe y Bach.

Como pasa con tantos delirios populares, hay algo de cierto en ello. La naturaleza de Europa siempre ha cambiado y -como las ciudades comerciales tipo Venecia nos muestran- ha incluido una receptividad poco común hacia las ideas e influencias extranjeras. Desde los antiguos griegos y romanos, los pueblos de Europa enviaron barcos para conocer el mundo y reportar sobre lo que habían encontrado. Raramente, si es que alguna vez, el resto del mundo devolvió dicha curiosidad, pero aun así las naves fueron y regresaron con cuentos y descubrimientos que se integraron en el aire de Europa. La receptividad era prodigiosa: sin embargo, no carecía de límites.

La cuestión respecto a dónde yacen los límites de la cultura ha sido discutida interminablemente por antropólogos, y no puede resolverse. Pero había fronteras. Europa nunca fue, por ejemplo, un continente del Islam. Sin embargo, la conciencia de que nuestra cultura está cambiando constante y sutilmente tiene profundas raíces europeas. Sabemos que los griegos de hoy no son el mismo pueblo que los antiguos griegos. Sabemos que los ingleses no son los mismos hoy que hace un milenio, y tampoco los franceses. Sin embargo, son reconociblemente griegos, ingleses y franceses, y todos son europeos.

En estas y otras identidades reconocemos una sucesión cultural: una tradición que mantiene ciertas cualidades (positivas tanto como negativas), costumbres y comportamientos. Reconocemos que los grandes movimientos de los normandos, francos y galos trajeron consigo grandes cambios. Sabemos, gracias a la historia, que en el largo plazo algunos movimientos afectan relativamente poco a la cultura, mientras que otros pueden cambiarla irrevocablemente.

El problema no viene con la aceptación del cambio, sino con el conocimiento de que, cuando esos cambios suceden demasiado rápido o son demasiado diferentes, nos volvemos algo más, incluyendo algo que quizá nunca habíamos querido ser.

Al mismo tiempo, estamos confundidos respecto a cómo se supone que esto funcione. Aunque generalmente coincidimos en que es posible para un individuo absorber una cultura particular (contando con el grado correcto de entusiasmo tanto del individuo como de la cultura) sin importar su color de piel, sabemos que nosotros los europeos no podemos convertirnos en lo que sea que queramos. No podemos volvernos hindúes o chinos, por ejemplo. Y sin embargo, se espera que creamos que cualquier persona en el mundo puede moverse a Europa y convertirse en europea.

Si ser “europeo” no se trata de la raza, entonces es incluso más imperativo que se trate de “valores”. Esto es lo que vuelve tan importante a la pregunta: “¿Qué son los valores europeos?” Sin embargo, ese es otro debate sobre el que estamos completamente confundidos.

En lugar de la religión llegó el siempre creciente lenguaje de los derechos humanos. Clic para tuitear

¿Somos, por ejemplo, cristianos? En los años 2000s este debate tuvo un punto focal en la lucha sobre las palabras para nueva constitución de la Unión Europea y la ausencia de cualquier mención de la herencia cristiana del continente. El debate no sólo dividió Europa geográfica y políticamente, también apuntó hacia una evidente aspiración.

Ya que la religión había retrocedido en Europa occidental, en su lugar surgió un deseo de demostrar que, en el siglo XXI, Europa contaba con una estructura sustentable de derechos, leyes e instituciones, que podrían existir incluso sin la fuente que les había dado vida.

En lugar de la religión llegó el siempre creciente lenguaje de los “derechos humanos” (en sí mismos un concepto de origen cristiano). Dejamos sin resolver la pregunta de si es que nuestros derechos adquiridos dependen de creencias que el continente ha dejado de tener, o si existían por sí mismos. Esta era, por lo menos, una pregunta extremadamente grande como para haberla dejado sin resolver mientras que esperábamos que vastas nuevas poblaciones se “integraran”.

Una pregunta igualmente significativa surgió en su momento sobre la posición y propósito del Estado-nación. Desde el tratado de Westfalia, en 1648, hasta finales del siglo XX, el Estado nación había sido considerado en Europa no sólo como el mejor garante del orden constitucional y los derechos liberales, sino como el máximo garante de la paz.

Sin embargo, esta certidumbre también se ha erosionado. Figuras europeas como el canciller alemán Helmut Kohl, insistieron en que “El Estado nación… No puede resolver los grandes problemas del siglo XXI.” La desintegración de los estados nación de Europa en una gran unión política integrada era tan importante, insistió Kohl, que consistía de hecho en una “cuestión de guerra y paz en el siglo XXI”.

Otros no estuvieron de acuerdo. 20 años después, poco más de la mitad del pueblo británico, que votó (en favor el Brexit) en el referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea, demostró que no fueron persuadidos por el argumento de Kohl. Sin embargo, una vez más, sin importar las opiniones que tengamos sobre la materia, esta fue una enorme pregunta como para dejar sin resolver en un momento de vasto cambio poblacional.

Mientras seguíamos inseguros sobre nosotros mismos en casa, hicimos esfuerzos finales para llevar nuestros valores al exterior. Sin embargo, cada que nuestros gobiernos y ejércitos se involucraron en algo en nombre de esos “derechos humanos” — Iraq en 2003, Libia en 2011 — pareciera que hicimos empeorar las cosas y terminamos equivocados. Cuando comenzó la guerra civil en Siria, las personas exigieron que las naciones occidentales intervinieran en nombre de los derechos humanos, que indudablemente estaban siendo violados. Sin embargo, no había apetito de proteger dichos derechos porque, sin importar que en casa creyéramos o no en ellos, ciertamente habíamos perdido fe en la capacidad de incrustarlos en el exterior.

En algún momento comenzó parecer posible que lo que había sido llamado “la última utopía” -el primer sistema universal que separó los derechos del hombre de la voz de dioses o tiranos- podría constituir una final y fallida aspiración europea. Si este de hecho el caso, dejará a los europeos del siglo XXI sin ninguna idea unificadora capaz de ordenar el presente o aproximarse el futuro.

En cualquier momento la pérdida de todas las historias unificadoras acerca de nuestro pasado, o de las ideas acerca de qué hacer con nuestro presente o futuro, sería una enorme complicación. Sin embargo, durante un tiempo de grandes cambios y turbulencias sociales, los resultados están probando ser fatales. El mundo está entrando en Europa, precisamente en el momento en que Europa ha perdido de vista lo que ella es.

Aunque el movimiento de millones de personas desde culturas ajenas hacia otra, que fuera fuerte y asertiva, podría haber funcionado, el movimiento de millones de personas hacia una cultura culpable, cansada y moribunda no puede funcionar.

Incluso ahora los líderes europeos hablan de un esfuerzo revigorizado para incorporar a los millones de recién llegados. Estos esfuerzos también fallarán. Si Europa se va a convertir en un hogar para el mundo, debe buscar una definición de sí misma que sea lo suficientemente amplia como para abarcar al mundo. Esto significa que, antes de que esta aspiración colapse, nuestros valores se harán tan amplios como para volverse insignificantemente banales.

Por ello, mientras que en el pasado la identidad europea podría ser atribuida a una serie de fundamentos altamente específicos, por no mencionar filosófica e históricamente profundos (el Estado de derecho, la ética derivada de la historia y filosofía del continente), hoy la ética y las creencias de Europa -de hecho, la identidad y la ideología de Europa- son acerca del “respeto”, la “tolerancia” y (lo más auto-abnegado de todo) la “diversidad.”

El mundo entra en Europa, justo cuando Europa ha perdido de vista lo que ella es. Clic para tuitear

Éstas frívolas auto definiciones quizá nos sostengan durante algunos años más, pero no tienen ninguna probabilidad de ser capaces de convocar a las lealtades más profundas, que las sociedades deben ser capaces de alcanzar en sus integrantes si es que han de sobrevivir por mucho tiempo.

Esta es sólo una razón por la que es probable que nuestra cultura europea, que ha perdurado todos estos siglos, y que ha compartido con el mundo tales alturas de logros humanos, no sobrevivirá.

Como las recientes elecciones en Austria y el ascenso de Alternativa por Alemania parecen demostrar, aunque la probabilidad de la erosión cultural sigue siendo incontenible, las opciones para la defensa cultural siguen siendo inaceptables. Incluso después de los tumultuosos años que han tenido, los electores franceses van a las casillas el próximo fin de semana para escoger entre más de un desastroso status quo o una integrante de la familia Le Pen.

Y todo el tiempo continúa el flujo hacia Europa. Tan sólo durante el fin de semana de Pascua, los barcos europeos reunieron a más de 8,000 migrantes africanos en los mares alrededor de Italia y los trajeron a Europa. Dicho flujo -que solía ser inusual- ahora es de rutina, aparentemente indetenible y también interminable.

En The World of Yesterday, publicado en 1942, el escritor austriaco Stefan Zweig escribió que, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, “sentí que Europa, en su estado de locura, había autorizado su propia descendencia muerte.” Sólo erró en los tiempos. Tomaría muchas décadas más antes de que esa sentencia de muerte fuera ejecutada -por nosotros y en nosotros mismos.

Extraído del libro The Strange Death of Europe, de Douglas Murray, publicado por Bloomsbury. puede adquirirse aquí.

 

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Columnista para Spectator y Standpoint, y colaborador frecuente para publicaciones como el Sunday Times y el Wall Street Journal. 

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Venezuela

La constante tragedia de Venezuela

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Sigue la tragedia en Venezuela

por: Gerardo Garibay Camarena

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La tragedia venezolana vive un nuevo capítulo. Hoy nos cenamos con la noticia de que Leopoldo López, quizá el líder más carismático de la oposición a la dictadura de la camarilla chavista, fue trasladado al hospital militar, de acuerdo con diversas versiones ya sin signos vitales, a causa de las inhumanas condiciones en las que ha estado preso del régimen durante los últimos años.

A este respecto, además de pedirle a Dios que los rumores sean falsos y que Leopoldo López, al igual que todos los demás presos políticos de Venezuela, pueda recuperar su libertad y sus derechos, me quedo con el tweet que público hace un par de días Pascal Beltrán del Río, Director editorial del periódico Excélsior: “Pensar que la locura que vive Venezuela comenzó con un voto contra la corrupción (1998). y no se acabó la corrupción, sino la comida.”

Los venezolanos votaron por su propia desgracia. Que no nos pase lo mismo Clic para tuitear

Tiene toda la razón, hace casi 20 años los venezolanos votaron con el hígado, hartos de una clase política ciertamente corrupta, arrogante e inepta. El problema fue que, al abrirle las puertas del poder a un tirano como Hugo Chávez, colocaron en las riendas del gobierno a otra mafia, incluso más corrupta arrogante e inepta que la anterior, y para acabarla de amolar, los propios venezolanos fueron cómplices de esta mafia, ayudando o tolerando el autoritarismo de Chávez, que demolió los contrapesos institucionales y despedazó la economía del país.

Hoy Venezuela no tiene libertad, y tampoco comida. Su índice de asesinatos es tres veces mayor al de México, su debate público está profundamente polarizado, sus instituciones están destruidas y su gobierno está en manos de un necio ignorante y profundamente corrupto, Nicolás Maduro.

Y lo peor del caso es que ellos mismos votaron por su desgracia. Que no nos pase lo mismo.

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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La maldición estatal del desempleo y el salario mínimo

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La maldición estatal del desempleo

(y del salario mínimo)

por: Gerardo Garibay Camarena

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¿Quieren saber qué pasa cuando el estado mete las patas en las relaciones laborales, dizque para cuidar a los trabajadores y los salarios? La respuesta es: Desempleo.

El caso de Europa es dramático: hay países (Grecia y España, por ejemplo) con hasta 48% de desempleo juvenil, y de los que consiguen trabajo una buena parte labora como meseros o asistentes en las tiendas, no en el ámbito en el que estudiaron y para el que recibieron su título, y eso va a empeorar.

¿Por qué?

Porque las restricciones gubernamentales a la libre contratación (y el libre despido) encarecen enormemente el costo de generar nuevas fuentes de empleo y mantener las existentes, por lo que muchas empresas simplemente no pueden darse el lujo de apostar por un joven, al que tendrían que enseñarle y que representa el riesgo de ser un mal empleado, al que luego no podrán despedir.

Incluso en Europa, con gobiernos más honestos, la intervención burocrática es igual a desempleo Clic para tuitear

Por lo tanto, entendamos de una buena vez que los problemas no se pueden resolver por ley, y que tratar de hacerlo siempre empeora las cosas o genera problemas nuevos, incluso en Europa.

¿Otro ejemplo?

Complementando el comentario sobre cómo la intervención gubernamental en el mercado laboral perjudica en lugar de ayudar, tenemos a ese desastre llamado salario mínimo.

El salario mínimo NO implica que a los que menos ganan les paguen más, sino que los despidan y se queden sin siquiera un pequeño ingreso.

En consecuencia, para estos miles de personas, el salario mínimo es un muro peor que el de Trump, porque les impide unirse a la fuerza de trabajo y adquirir la experiencia necesaria para tener acceso a puestos con mayores ingresos, hundiéndolos en un círculo vicioso de ignorancia, pobreza y dependencia de las ayudas gubernamentales.

Por cierto, he aquí un excelente video en donde el economista español Juan Ramón Rallo explica porqué subir el salario mínimo afecta a quienes supuestamente debería ayudar. Los invito a seguir a Rallo en https://twitter.com/juanrallo y en su página web: JuanRamonRallo.com 

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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guerra en Siria

La Guerra en Siria y cómo Trump cedió ante la guerra

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Siria y cómo Trump cedió ante la guerra

por: Gerardo Garibay Camarena

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Les comparto mi reflexión sobre lo que está pasando en Siria. Trump y el gobierno de Estados Unidos dicen que el ataque con armas químicas fue obra del gobierno de Assad y lanzaron más de 50 misiles contra Siria hace unos momentos. Yo creo que están mintiendo; La historia simplemente no cuadra.
Veamos:
Despues de casi 4 años en que la política oficial norteamericana fue derrocar a Assad, hace aproximadamente una semana la administración Trump cambió el tono y dijo que ya no se iba a meter en el tema, lo que implicaba tácitamente un respaldo para el Pressidente Bashar Al Assad, que lleva años en el hoyo y apenas empezaba a retomar plenamente el control de la situación.
Un par de días despúes sucedió el ataque con armas químicas ¿en serio alguien se cree que Bashar al Assad iba a lanzar un ataque de este tipo, para echarse a Estados Unidos y al mundo encima, justo cuando por fin lleva las de ganar en la guerra civil? Más allá de la moral, pensando sólo en términos militares y estratégicos, no tiene ningún sentido que hubiera lanzado las armas químicas justo ahora, a Siria no le representaba ninguna ganancia.
¿Quién sí ganó con el ataque de armas químicas a los civiles?
Los neoconservadores en Estados Unidos y el lobby armamentista tanto en EUA como en Rusia, que ahora tienen el pretexto para alargar y ampliar la guerra civil en Siria, justo cuando estaba cerca de entrar a su etapa final.
Además, veamos las cosas en su contexto. Justo esta misma semana Steve Bannon, considerado hasta hace unos días como el principal consejero de Trump, fue despedido de su puesto como parte del Consejo de Seguridad Nacional, y eso coincide con el cambio radical en la política de Trump hacia Siria. En 2013, Donald acertadamente criticó a Obama por atacar Siria sin autorización previa del Congreso; hoy ha hecho exactamente lo mismo.
Concluyendo, ¿Qué sucedió? Que a Trump la fuerza de caracter le duró exactamente 2 meses y medio y que, por alguna razón, ya dobló las manitas ante los neocons y los vividores de la guerra. Es Trágico.

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Escritor. Católico. Libertario. Escéptico de la política y desconfiado de las intenciones de los políticos. Creo en personas libres y mercados libres.

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