Por un Nuevo Libertario

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Por un nuevo libertario

por: Jeff Deist

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Saludos a todos en la conferencia Corax 2017, y saludos también a los asistentes aquí en nuestra Mises University anual. Como pueden ver ambos eventos están sucediendo simultáneamente, por lo que no pude estar personalmente con ustedes esta tarde, pero aprecio mucho el haber sido invitado por Sofia y Martin para dar esta conferencia, y de hecho los habría acompañado en Malta cualquier otra semana. Asimismo, admiro a Sofia y Martin por tener el valor de dejar Suecia y comenzar esta nueva empresa en Malta, que según comentan no sólo es un lugar más cálido, ¡sino también mucho más razonable!

Hoy, más que hablar sobre el libertarismo en sí mismo, quisiera hablar respecto a los libertarios, y les pido que consideremos si es que los libertarios han perdido el camino.

El título “Por un Nuevo Libertario” es, espero, una obvia referencia al título del famoso libro de Murray Rothbard, “For a New Liberty.” Es un libro subestimado, quizá menos conocido que The Ethics of Liberty. Muchos autores tienen el ego de llamar a sus libros como “un manifiesto”, pero pocas obras realmente son dignas de tan audaz subtítulo. Ese libro lo es.

Me encanta la frase de Murray: “El libertarismo es, entonces, una filosofía en busca de una política.” Me pregunto si es que él modificaría esa frase actualmente, si pudiera ver en lo que se ha convertido la facción de “política pública” dentro del libertarismo. Quizá él debería haber escrito: “El libertarismo es una filosofía en busca de mejores libertarios.”

El libertarismo es una filosofía en busca de mejores libertarios @jeffdeist Clic para tuitear

También elegí el título para plantear el importante punto de que no necesitamos un “nuevo libertarismo” o nada tan elaborado. Gracias a los grandes pensadores que han venido antes, y que siguen entre nosotros, no tenemos que hacer el trabajo difícil –lo que es una buena noticia, ¡porque no muchos de nosotros somos lo suficientemente listos como para plantear una nueva teoría! Por el contrario, todos podemos servir felizmente como transmisores de ideas.

Algunas veces los libertarios caen en la trampa de necesitar algo nuevo, lo que podríamos definir como una trampa de la modernidad. Se ha puesto de moda imaginar que la tecnología crea un nuevo paradigma, una nueva “tercera vía” que volverá obsoleto al gobierno sin la necesidad de un desplazamiento intelectual. La era digital es tan plana, tan democrática y tan descentralizada, que será imposible que los estados inherentemente jerárquicos puedan controlarnos. El libre flujo de la información –dicen- hará inevitable el libre flujo de bienes y servicios, al tiempo en que desenmascara a las tiranías que ya no pueden ocultarles la verdad a sus ciudadanos.

Aunque ciertamente espero que esto sea cierto, no estoy tan seguro. Me parece que los estados están cambiando del ámbito nacional al supranacional, que de hecho el globalismo implica un control más centralizado a manos de un cartel emergente de estados aliados, como la Unión Europea y las organizaciones no gubernamentales –por no mencionar los llamados a la convergencia de los bancos centrales bajo una organización global como el Fondo Monetario Internacional. Deberíamos tener nuestras sospechas respecto a la noción determinista de que existe un arco inevitable en la historia humana.

Y aunque todos nos beneficiamos de las maravillas del progreso tecnológico, y le damos la bienvenida especialmente a la tecnología que le dificulta al estado el gobernarnos -por ejemplo, el Bitcoin, o Uber, o la encriptación- debemos recordar que los avances en la tecnología también facilitan que los gobierno espíen, controlen e incluso asesinen a los pueblos bajo su control.

Por ello sospecho que mientras los humanos sigan existiendo, su necia tendencia a formar gobiernos seguirá siendo un problema. La elección entre organizar las actividades humanas por medio económicos o hacerlo por medios políticos no se resolvió con la imprenta de tipos móviles, ni con la revolución industrial, o la electricidad, o los numerosos avances tecnológicos. Por lo tanto, no podemos asumir que la liberación llegará a través de la revolución digital.

No, la concepción de la libertad planteada por Rothbard se ha mantenido vigente durante casi medio siglo. Los seres humanos son soberanos sobre su mente y cuerpo, lo que significa que usted es dueño de sí mismo. De ello se deriva que el ineludible corolario de los derechos de propiedad, implicando que los individuos tienen una afirmación valida sobre los productos de sus mentes y cuerpos -axiomáticamente sabemos que los seres humanos deben actuar para sobrevivir. A partir de la autodeterminación y los derechos de propiedad llegamos a una teoría de cuándo es permisible el uso de la fuerza, específicamente en defensa propia. A su vez, estas ideas de autodeterminación, derechos de propiedad y no agresión deberían aplicar a todos, incluso cuando un grupo se reúne y se hace llamar “gobierno”. Ya que los gobiernos necesariamente usan la fuerza de muchas otras formas más allá de la defensa propia, son inválidos bajo la formulación Rothbardiana.

Es una teoría hermosa, simple y lógica. Por supuesto, al menos un cierto grado de los tres elementos: libertad individual, derechos de propiedad y un entendimiento de la ley que proteja a ambos- es necesario y presente para el verdadero progreso humano. Lo sé, lo sé: los esclavos construyeron las pirámides, aunque los egiptologistas nos dicen lo contrario, y los científicos no eran libres, pero aun así construyeron bombas nucleares -probablemente para evitar un viaje a Siberia- pero sabemos que el argumento es cierto: la libertad y el progreso humanos están inextricablemente enlazados.

Entonces, tenemos esta fantástica e irrefutable teoría Rothbardiana de la libertad. Pero no es suficiente. Murray fue enfático al respecto. Él fue el primero en destacar la importancia de las personas y el activismo, no sólo de las ideas y de la educación. Pero ¿qué clase de personas, y qué clase de activismo? Esa era la pregunta en tiempos de Murray, y sigue siéndolo en la actualidad.

  • Reconocer que la libertad corresponde a la naturaleza humana.

Si hay algún punto predominante que deberíamos recordar es el que la libertad es natural y orgánica, y corresponde a la acción humana. No requiere un “hombre nuevo.” Sin embargo, los libertarios tienen una mala tendencia a caer en el utopianismo, representando la libertad como algo evolucionado y de la nueva era. En este sentido pueden sonar mucho como los progresistas, diciendo que la libertad funcionará: cuando los humanos finalmente abandonen sus necias y anticuadas ideas acerca de la familia y la tribu, convirtiéndose en librepensadores puramente racionales (siempre lo opuesto), rechazando la mitología de la religión y la fé y abandonando sus viejas alianzas étnicas, nacionalistas o culturales, a cambio del nuevo credo hiper-individualista. Debido a lo anterior el libertario arquetípico es presentado como un actor económico casi desalmado, alguien que dejaría todo y se mudaría a Singapur mañana, sólo para ganar $20,000 dólares más en la gig economy.

Bueno, pues resulta que así no es cómo son realmente los humanos. Son frágiles, y falibles y jerárquicos e irracionales, recelosos y gregarios al menos tanto como son un grupo de heroicos Hank Reardens.

De hecho, Rothbard habla justamente al respecto en su sección respecto a la estrategia libertaria en la parte final de For a New Liberty. Él nos recuerda que los progresistas utópicos son quienes creen que el hombre no tiene naturaleza y es “infinitamente maleable.” Ellos creen que el hombre puede perfeccionarse y convertirse en el siervo ideal del nuevo orden; Por el contrario, los libertarios creemos en el libre albedrío, señala.

La libertad es consistente con la naturaleza del hombre y del mundo. Clic para tuitear

Las personas se moldean a sí mismas, y por lo tanto es un disparate esperar un cambio drástico que se adapte a nuestra estructura preferida. Nosotros esperamos que las personas actúen moralmente y creemos que la libertad brinda los incentivos adecuados para el perfeccionamiento moral, pero no dependemos de ello para hacer que la libertad funcione. De hecho, sólo el libertarismo acepta a los humanos como son, aquí y ahora. Es en este sentido que Rothbard ve a la libertad como algo “eminentemente realista,” la “única teoría que realmente consistente con la naturaleza del hombre y del mundo.”

Por lo tanto, entendamos -y promovamos- la libertad como un enfoque profundamente pragmático para organizar la sociedad, uno que resuelve problemas y conflictos al avanzar con las mejores soluciones privadas y voluntarias que estén disponibles. Rechacemos las grandilocuentes visiones y utopías de lo que siempre será un mundo desordenado e imperfecto. “Mejor, no perfecto” debería ser nuestro lema.

  • Los libertarios deberían asumir en lugar de rechazar las instituciones de la sociedad civil

Mi segundo punto se relaciona con la sociedad civil en sí misma, ya que mientras los libertarios entusiastamente aceptan a los mercados, por décadas han cometido el desastroso error de parecer hostiles a la familia, la religión, la tradición, la cultura y las instituciones cívicas o sociales -en otras palabras, hostiles a la sociedad civil como tal.

Si nos ponemos a analizarlo, esto es bizarro. La sociedad civil brinda los propios mecanismos que necesitamos para organizar a la sociedad sin el Estado. Además, siguiendo con el argumento de Rothbard acerca de la libertad y la naturaleza humana, la sociedad civil se organiza a sí misma orgánicamente, sin fuerza. Los seres humanos quien ser parte de algo más grande que ellos mismos. ¿Por qué los libertarios no logran entender esto?

Poco necesita decirse que la familia ha sido siempre la primera línea de defensa en contra el Estado, y la fuente más importante de lealtad primaria -o de lealtad dividida, desde la perspectiva de los políticos. Esa conexión con los ancestros, y nuestra preocupación por los descendientes, forma una historia en la que el Estado no es el protagonista. La familia constituye nuestro primer entorno, que por lo tanto es el más formativo -y al menos como un ideal, la familia brinda apoyo tanto material como emocional. Las familias felices realmente existen.

Sin embargo, el gobierno nos quiere atomizados, solitarios, quebrados, vulnerables, dependientes y desconectados. En consecuencia, trata de romper a las familias al quitarles a sus hijos tan pronto como sea posible, adoctrinándolos en escuelas estatales, usando las prestaciones sociales y la ley de impuestos como cuña, desalentando el matrimonio y las familias grandes, de hecho, desalentando cualquier clase de intimidad que no esté sujeta al escrutinio público, promoviendo el divorcio, etc. etc.

Todo esto podría sonar como argumentos derechistas, pero ello no los vuelve falsos.

Queremos familias fuertes, queremos familias de élite, queremos familias prósperas que no tengan miedo del gobierno. Queremos grandes familias extensas a las que las personas puedan acudir en tiempos de problemas. Y como una nota al pie: asumiendo que aproximadamente el 10% la población de los Estados Unidos está razonablemente mentalizado hacia la libertad, estamos hablando de 32 millones de personas. Imagine si cada uno de ellos tuviera tres hijos, ¡crearíamos un ejército de 100 millones de personas!

La religión forma otra importante línea de defensa en contra el Estado. De hecho, la historia entera de la humanidad no puede entenderse sin comprender el rol de la religión. Incluso actualmente un saludable porcentaje de las personas en occidente creen en Dios, más allá de su observancia religiosa. Además, la creencia en una deidad desafía por sí misma el estatus y la omnisciencia del Estado. Una vez más, la religión se presenta como un rival potencial en la lucha por la lealtad del individuo -y tiene una incómoda tendencia a resurgir sin importar qué tanto los gobiernos autoritarios traten de suprimirla.

Más allá de la familia y de la fe, hay un número infinito de instituciones no estatales que ofrecen comunidades para casi cualquier interés imaginable. Todas ellas, desde los negocios, hasta las organizaciones sociales y cívicas, realizan la función civilizadora de organizar a las personas sin el poder estatal.

Queremos familias fuertes y prósperas, que no tengan miedo del gobierno. Clic para tuitear

Permítanme también plantear un punto importante: es razonable creer que una sociedad más libertaria sería menos libertina y más conservadora culturalmente -por la simple razón de que, conforme el Estado se reducen importar si poder, las largamente suprimidas instituciones de la sociedad civil crecerían en importancia y poder. Además, en una sociedad más libertaria, es más difícil imponerle a los demás los costos de nuestro estilo de vida. Si usted depende de la ayuda que le brinden la familia, la Iglesia o la caridad, estas quizá impondrán condiciones para ese apoyo.

Les aseguro que no estoy interesado en conocer o juzgar sus creencias personales o sus preferencias de estilo de vida – y tampoco lo estaba Murray Rothbard. por supuesto, el libertarismo como tal no tiene nada que decir acerca de la forma en que vive el individuo. Sin embargo, sigue siendo cierto que la sociedad civil debería ser celebrada a cada momento por los libertarios. Creer lo contrario es ignorar lo que los humanos realmente quieren y realmente hacen, que es crear comunidades. Hay una palabra para definir a las personas que no creen en nada: ni en el gobierno, ni en la familia, Dios, la sociedad, la moralidad, o la civilización. Esa palabra es “nihilista”, no libertario.

  • El universalismo político no es la meta.

Mi argumento final es acerca de la terca tendencia de los libertarios a promover alguna clase de arreglo político universal. Hasta el punto en que existe una meta política para los libertarios, esta es la de permitirle a los individuos vivir como crean conveniente. La meta política es la autodeterminación, al buscar reducir el tamaño, ámbito y poder del Estado.

Sin embargo, la idea de los principios libertarios universales se mezcló con la idea de las políticas libertarios universales. El vive y deja vivir se reemplazó con la noción de una doctrina libertario universal, muchas veces acompañada de un elemento cultural.

Debido a esto, los libertarios suelen caer en la trampa de sonar como los conservadores y los progresistas, que se imaginan a sí mismos como si estuvieran cualificados para dictar arreglos políticos en todas partes de la tierra. Sin embargo, ¿qué tiene de libertario decirles a otros países qué hacer? ¿No debería ser nuestra meta política la autodeterminación radical, en lugar de los valores políticos universales?

Ya es suficientemente malo escuchar a los neoconservadores en la televisión, mientras hablan de lo que es mejor para Siria, o Irak, o Corea del norte, o Rusia, desde sus cómodos percheros occidentales. Sin embargo, es incluso peor escuchar esto de parte de los libertarios en Reason. Ello es un error tanto político como táctico.

La doctrina universalista va más o menos así: El voto democrático es el derecho político sagrado en un mundo post monárquico. Resulta en democracias sociales con robustas redes de seguridad, capitalismo regulado, protecciones legales para las mujeres y las minorías, y normas ampliamente con censadas en cuanto a temas sociales. Las concepciones occidentales de los derechos civiles ahora aplican en todos lados, y a través de la tecnología podemos superar las antiguas fronteras de los estados nación.

Los sabores son ligeramente diferentes: los liberales de izquierda enfatizan un estado administrativo supranacional (“un gobierno mundial”), mientras que los conservadores enfocan en esquemas de comercio globalmente administrados y en “exportar la democracia.” Sin embargo, ambos bandos pasaron el siglo XX insistiendo en que sus acuerdos políticos preferidos son aplicables en todos lados, e inevitables en todos lados.

Esta narrativa no le ayuda los libertarios. El universalismo brinda los apoyos filosóficos para el globalismo, pero el globalismo no es libertad: en lugar de ello, amenaza con crear nuevos niveles de gobierno. Por otra parte, el universalismo no es ley natural; de hecho, suele estar directamente enfrentado con la naturaleza humana y la (verdadera) diversidad humana.

Más aún, resulta que muy pocas cosas realmente están consensadas a nivel universal. No lo está la gobernanza, ni los derechos, ni el rol de la religión, ni la migración, ni el capitalismo, ni el neoliberalismo. Ya de por sí tenemos una labor lo suficientemente difícil ganando el respeto para la libertad individual y los derechos de propiedad en occidente, donde contamos con una fuerte tradición de derecho consuetudinario.

Aun así, los libertarios están ocupados promoviendo el universalismo incluso mientras el mundo se mueve en la dirección opuesta. Trump y el Brexit golpearon la narrativa globalista. El nacionalismo está en ascenso lo largo de Europa, poniendo a la unión europea a la defensiva, existen movimientos de secesión en Escocia, en Cataluña, en Bélgica, en Andalucía, incluso en California. El federalismo y los derechos de los estados son repentinamente populares con los progresistas en los Estados Unidos. El mundo desesperadamente quiere darle la espalda a Washington y a Bruselas, y a las Naciones Unidas, y al Fondo Monetario Internacional, y a todas las instituciones globalistas. las personas promedio sospechan un engaño.

Deberíamos aprovechar esto.

La Meca no es París, un irlandés no es un aborigen, un budista no es un Rastafariano, una soccer mom no es un ruso. ¿Es nuestra meta convencerlos a todos de convertirse en rigurosos Rothbardianos? ¿Deberían los libertarios preocuparse acerca el matrimonio homosexual en Arabia Saudita, o insistir en que las mismas condiciones fronterizas de Mónaco existan en Brownsville, Texas? ¿Deberíamos agitar en Francia, promoviendo leyes de portación abierta de armas al estilo de Texas, para prevenir el siguiente Bataclan?

O, por el contrario, ¿no estaría mejor empleado nuestro tiempo en promover la descentralización política, la secesión y la subsidiariedad? En otras palabras, ¿deberíamos dejar que Malta sea maltesa?

Ludwig von Mises rechazó el universalismo, y vio la autodeterminación como la más elevada meta política. Murray Rothbard planteó el argumento de que las naciones orgánicas se separen de las naciones políticas, en una de las últimas cosas que escribió -un artículo titulado Naciones por Consenso.

En otras palabras, la autodeterminación es la máxima meta política. Es el camino a la libertad, aunque sea imperfecta. Un mundo de 7 mil millones de individuos auto gobernados es el ideal, pero a falta de ello deberíamos preferir los Liechtensteins que las Alemanias, y los Luxemburgos que las Inglaterras. Deberíamos apoyar el derecho de los estados a la federalización en los Estados Unidos, y aplaudir el rompimiento la Unión Europea. Deberíamos respaldar los movimientos secesionistas en lugares como Cataluña, Escocia y California. Deberíamos favorecer el control local por sobre las lejanas legislaturas y cuerpos administrativos, y por lo tanto rechazar los acuerdos comerciales multilaterales. Deberíamos, en resumen, preferir lo pequeño que lo grande, cuando se trata del gobierno.

La descentralización política, la secesión, la subsidiariedad y la nulificación son mecanismos que nos acercan a nuestra meta política de autodeterminación. Insistir en acuerdos políticos universales es un enorme error táctico para los libertarios. Es precisamente porque no sabemos lo que es mejor para 7.5 mil millones de personas en el mundo, que somos libertarios.

Conclusión: ¿por qué pelearían?

Para concluir, mencionaré un intercambio de correos electrónicos que tuve recientemente con el bloguero Bionic Mosquito. ¡Si ustedes no están leyendo a Bionic Mosquito, deberían hacerlo! Le hice la misma pregunta hipotética que tengo para ustedes: ¿Por qué pelearías? La respuesta a esta pregunta nos dice mucho acerca de los temas que deberían preocupar a los libertarios.

Con ello me refiero a por qué razón ustedes pelearían físicamente, sabiendo que hacerlo pudiera implicar lesiones serias o la muerte, o arresto y encarcelamiento, o la pérdida de su casa, su dinero y sus posesiones.

La sangre y el suelo, y Dios y la nación, le siguen importando a la gente. Clic para tuitear

Estoy seguro de que todos nosotros pelearíamos por nuestras personas físicas si fuéramos atacados, o por nuestras familias y fueran atacadas. Quizá podríamos pelear también por amigos cercanos. Quizá incluso por nuestros vecinos. De hecho, quizá nos guste pensar que en algunas circunstancias defenderíamos físicamente a un completo extraño, por ejemplo, a una anciana a que está siendo atacada y asaltada.

Además, tal vez pelearíamos por otros pueblos y comunidades, si estos fueran físicamente invadidos por una fuerza externa, incluso aunque no conocemos personalmente a todas las personas en osos pueblos y comunidades.

También podríamos pelear por la propiedad, quizá no con tanta ferocidad. Ciertamente protegería más nuestros hogares, pero ello es debido a las personas que se encuentran adentro. ¿Qué pasaría con los vehículos? ¿Se involucraría en la confrontación física con un ladrón armado que estuviera llevándose su vehículo? ¿O lo dejaría ir, sin arriesgarse a las lesiones o la muerte, sólo para salvar su auto? ¿Qué pasaría con su billetera? ¿Qué pasaría si el instituida robando el 40% de su ingreso, como muchos gobiernos lo hacen? ¿Tomaría usted las armas para evitarlo?

Probablemente no pelearíamos por el bitcoin, o la neutralidad e Internet, o un aumento en el impuesto sobre ganancias de capital. ¿Y que tal respecto a una abstracción, como pelear por “su país” o por la libertad, o por su religión? Aquí es donde las cosas se vuelven más tenues. Muchas personas han peleado y pelearán por dichas abstracciones. Sin embargo, si le pregunta los soldados ellos le responderán que en el calor de la batalla realmente están peleando por sus compañeros, para proteger a los hombres en sus unidades -y para cumplir con un sentido personal del deber.

En otras palabras, la sangre y el suelo, y Dios y la nación, le siguen importando a la gente. Los libertarios ignoran esto a riesgo de ser irrelevantes.

Muchas gracias.

Traducido por: Gerardo Garibay Camarena / GaribayCamarena.com

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Presidente del Mises Institute.

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Occidente es una idea portátil, no sangre y suelo

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Occidente es una idea portátil, no sangre y suelo

por: Jeffrey A. Tucker

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No todo el que va celebrando los logros de occidente y lamentando su destrucción es un amigo de la libertad. Hemos sabido esto desde hace por lo menos un siglo, cuando el aclamado historiador alemán escribió su magistral obra “La decadencia de occidente” (1919).

El libro abarca 800 páginas acerca de la magnificencia de las artes, ciencias, literatura y riqueza occidental, pero eso no es su tesis. El propósito del tratado era lanzar una obscura advertencia: Occidente debe tribalizarse bajo un nuevo Cesarismo, y rápido, antes de que las otras poderosas tribus del mundo ganen la lucha por el control.

¿Occidente es una idea o una nación? La respuesta es muy relevante Clic para tuitear

Las ideologías del liberalismo y el socialismo están muertas, escribió Spengler, al igual que la economía basada en dinero, que es demasiado delgada y débil para entrar en la lucha por el control de la historia. Una nueva forma de dictadura, respaldada por la visión y voluntad consciente de los amos políticos, que guíen al pueblo, era necesaria para ganar el día.

El gran libro de Spengler fue recibido con una sorprendente aclamación pública, pero ¿qué presagiaba? Observe a la Europa de entre guerras y lo verá.

El discurso de Polonia

El libro viene a la mente por el discurso de Donald Trump en Polonia, que fue algunas veces bello e inspirador, y otras extrañamente ominoso. Tomó algunos días, pero gradualmente las personas se están dando cuenta de que el discurso redactado por el consejero de políticas públicas Stephen Miller fue más que una recitación de las usuales trivialidades políticas. Fue una propuesta para reenfocar la filosofía de gobierno de los Estados Unidos a un nivel profundo, e  inculcar la consciencia de la singular identidad y misión de lo que él repetidamente llamó “Occidente” –un término que no había tenido resonancia política en décadas.

Occidente, en la forma que el discurso lo planteó, no es sólo una idea, sino un pueblo, una nación en sí misma, unida por grandes logros, incluyendo el triunfo en grandes conflictos. Por ejemplo, el discurso recordó el remarcable heroísmo de aquellos que resistieron a los nazis en el alzamiento de Varsovia, de 1943, y fue más allá para celebrar la resistencia más reciente a la ocupación soviética.

La forma en que recordó la historia fue simplemente maravillosa e inspiró al público a una incesante ovación de pie.

Además buscó forjar una solidaridad –incluso una identidad- entre Polonia y los Estados Unidos, como algo específico llamado Occidente, que Trump describió hermosamente de la siguiente manera.

“No hay nada como nuestra comunidad de naciones. El mundo nunca ha visto algo como nuestra comunidad de naciones. Escribimos sinfonías. Nos dedicamos a la innovación. Celebramos a nuestros antiguos héroes, abrazamos nuestras ancestrales tradiciones y costumbres, y siempre buscamos explorar y descubrir nuevas fronteras. Recompensamos la genialidad. Nos esforzamos por la excelencia, y valoramos a las inspiradoras obras de arte que honran a Dios. Atesoramos el estado de derecho y protegemos el derecho a la libertad de expresión. Empoderamos a las mujeres como pilares de nuestra sociedad y nuestro éxito. Ponemos a la fe y a la familia, no al gobierno y la burocracia, en el centro de nuestras vidas. Y debatimos todo. Desafiamos todo. Buscamos saber todo, de forma que podamos conocernos mejor a nosotros mismos.”

He escrito en contra de buena parte de las políticas y comportamientos de Trump, pero estas palabras son emotivas y verdaderas (al igual que mucho del libro de Spengler) y ya era tiempo de que alguien las pronunciara en esta generación. Sin embargo, noten lo que es diferente acerca de su planteamiento. Él se esforzó en decir que estos rasgos le pertenecen a una cierta “comunidad de naciones”, un pueblo específico unido detrás de una cierta forma de vida.

A diferencia de sus predecesores, se negó a describir esto como sellos distintivos del ideal humano, como un anhelo universal, sino que centró su visión en un pueblo particular –no en las ideas que mantienen las personas (las ideas pueden portarse donde sea), sino de algún modo como algo encarnado en un sector demográfico en particular.

Dos enemigos

Trump además alertó que Occidente está bajo una profunda amenaza de dos enemigos: el arrogante estado burocrático y la invasión de una ideología externa (el Islam radical). Para luchar contra estas dos amenazas, Trump prescribió una nueva consciencia de la singularidad de la tradición occidental.

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si occidente todavía tiene la voluntad para sobrevivir. ¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo? ¿Tenemos el suficiente respeto hacia nuestros ciudadanos como para proteger las fronteras? ¿Tenemos el deseo y el valor de preservar nuestra civilización frente a aquellos que la subvertirían y destruirían?”

¡Es mucho para analizar! Trump está posicionando una amenaza existencial que solo puede enfrentarse con una consciencia activa de la identidad. ¿A qué lleva esta consciencia? A la disposición de defender, al valor para pelear, al deseo de sobrevivir. ¿En defensa de qué? Una forma de vida que reside dentro de un angosto rango de la experiencia humana. No es universal.

Esta no es sólo mi interpretación. David French, del National Review, perspicazmente contrasta el discurso de Trump con mensajes de Bush y Obama, y observa que: Trump “localizó directamente en un contexto occidental los valores que otros presidentes han considerado como universales, y rechazo específicamente el universalismo y la equivalencia moral.”

El artículo de French parece representar muchas opiniones en la derecha del espectro político, donde las personas están hartas de sentir como si necesitaran disculparse por los logros de Occidente y que deberían enorgullecerse de ellos. Como dice French, Trump se esforzó en ubicar estos logros históricos en la experiencia de un pueblo en particular, emparejado con una visión Judeo-Cristiana igualmente particular.

Sin embargo, realmente hay una diferencia entre celebrar a la libertad y participar en un crudo chauvinismo cultural. Hay un mundo de diferencia entre el argumento de que la libertad se desarrolla a partir de ciertas instituciones (“Lo primordial,” dijo Ludwig von Mises, es “la idea de la libertad respecto al estado”) y alegar que esta se encuentra enraizada en la sangre y el sueño.

¿Dónde está la libertad?

La visión de que la sangre-y-suelo son lo que hace grande a una civilización se contradice ante nuestros propios ojos. El mundo actual muestra el éxito de la libertad y los derechos en muchas culturas a lo largo del planeta. Los mercados existen en todo el mundo. También los derechos humanos y el estado de derecho. También las sinfonías, la gran arquitectura, la innovación, la libertad de expresión, y el arte. Donde sea que a las personas se les de libertad respecto al estado, prosperan.

Para demostrarlo basta consultar el Índice de Libertad Económica. Campeones que incluyen a Hong Kong, Singapur, Australia, Mauricio, los Emiratos Árabes Unidos y Chile, están esparcidos en todo el globo y abarcan muchas razas. Lo que tienen en común no es sangre, religión, geografía o idioma, sino eso primordial, la libertad.

Donde sea que a las personas se les da libertad respecto al estado, prosperan. Clic para tuitear

Una cosa es señalar que aquello a lo que llamamos Occidente fue el primero en desarrollar plenamente ideas liberales. Esto hace la idea de Occidente un tema de documentación histórica y un hecho indiscutible. Pero es completamente distinto el postular que pertenece a un cierto pueblo por derecho de …¿qué? Este fue el aspecto no hablado del discurso de Trump. ¿Qué es lo que verdaderamente quiere decir? ¿Es la religión, la geografía, los grandes líderes, el lenguaje o …la raza, quizá?

Escuchando entre líneas

El prospecto de que el discurso de Trump fue en realidad el disfraz de una agenda más obscura llevó a Peter Beinart a declarar que el mensaje de Trump fue nada más que un ejercicio de paranoia política y racial. El Occidente no es una definición geográfica, ya que “Polonia está más al este que Marruecos. Francia está más al este que Haiti. Australia está más al este que Egipto. Sin embargo Polonia, Francia y Australia son consideradas parte de Occidente. Marruecos, Haiti y Egipto, no.”

Si no es geográfica, ¿Qué es?

“Polonia es mayormente homogénea en términos étnicos. Así que cuando un presidente polaco dice que ser occidental es parte de la identidad nacional, está básicamente definiendo a Polonia en contraste con las naciones hacia el este y el sur. América es racial, étnica y religiosamente diversa, así que cuando Trump dice que ser occidental es la esencia de la identidad americana, está en parte definiendo a América en oposición a parte de su propio pueblo. No está hablando como presidente de los Estados Unidos. Está hablando como el jefe de una tribu.”

Antes de rechazar los argumentos de Beinart como los divagues de un provocador racial de izquierdas, considere que la formulación de Trump respecto a Occidente como un pueblo y una experiencia, más que como una idea, representa un significativo alejamiento de los antiguos ideales liberales. En particular, el discurso añade un giro particular a los ideales de la ilustración que asignamos a pensadores como Hume, Locke, Smith y Jefferson, canalizándolos a través del lente de una tradición de pensamiento opuesta a esos ideales. Lo que realmente está proponiendo es otra forma de política identitaria, que rechaza al universalismo en hechos y metas.

El problema con el universalismo

Ciertamente, la causa de los derechos universales ha sido usada como pretexto para violar esos mismos derechos. Cuando Condoleezza Rice dijo que la libertad y la democracia le pertenecen a todos, estaba justificando la clase de construcción nacional por las que fueron conocidas las administraciones de Bush y Clinton. A lo que lleva esta política en los hechos no es a la libertad, mucho menos a la democracia, sino al caos del estilo que vemos en las naciones destrozadas por la guerra en el medio oriente. El universalismo de esta clase deriva en imperialismo.

Esa es la clase equivocada de universalismo. Imagina que ya que todos tienen derechos humanos, la nación más poderosa debería garantizarlos a la fuerza, incluso a costa de los derechos humanos de aquellos descartados como “daño colateral”. La crítica de esta visión también es correcta. La libertad crece de un firmamento cultural, gradualmente, como una extensión de los corazones de la gente. No puede imponerse a punta de pistola, ya sea que lo intenten los neoliberales de tendencia izquierdista o los neoconservadores de tendencia derechista.

Muchas personas que actualmente apoyan las políticas de Trump han identificado este mismo problema con las políticas universalistas, pero ¿están escogiendo el reemplazo correcto? Debe haber una alternativa al “universalismo” imperialista, además del proteccionismo, el aislamiento, el chauvinismo cultural y la supremacía religiosa-racial.

La verdadera alternativa liberal

De hecho, sí hay una alternativa. Alguna vez fue llamada liberalismo y hoy es conocida como liberalismo clásico o libertarismo. Respecto a este problema, la doctrina puede resumirse de esta forma: derechos universales, localmente aplicados. Reconoce que el anhelo de libertad es un ideal universal, pero previene en contra de cualquier intento de que los gobiernos usen su poder, a expensas de la libertad, para imponerla.

Siguiendo a Tocqueville, reconoce las tradiciones culturales y populares de los pueblos, reconociendo que hay infinitas maneras en las que los derechos universales se integran en la experiencia humana real. Es tolerante y respetuosa de todas. En los escritos de Ludwig von Mises, este liberalismo ve su realización en límites al poder estatal, la libertad de expresión y movimiento para todos los individuos, el libre comercio y la paz y armonía entre los pueblos y naciones.

El liberalismo de esta clase no descansa en una obscura visión Hegeliana de la historia, como la expresada por Oswald Spengler hace un siglo. Un nuevo Cesarismo no salvará a Occidente, sino que le arrebataría su característica más definitoria: la libertad del individuo respecto al estado.

Los nuevos moderados

¿Dónde deja esto a aquellos de nosotros que no podemos apoyar la visión de Trump o de aquellos que la desprecian? Quizá nos deja en una posición envidiable.

Jimmy Wales, de Wikipedia hizo un comentario fugaz en la FEEcon que me impactó. Desde hace mucho él ha sido un estudiante del trabajo de F.A. Hayek y un sólido libertario. Él dice que estos días se siente menos estridente que nunca antes, por una simple razón. La izquierda y la derecha se han vuelto intensamente partidistas, irracionales, internas y vituperantes en sus lealtades tribales, y eso es precisamente lo que quieren sus líderes. Hay dos tribus peleando por el botín de un sistema corrupto y fracasado. En esa guerra nadie puede ganar.

La alternativa es: derechos universales, localmente aplicados Clic para tuitear

Esto ha puesto a Wales y a muchos de nosotros en la implausible posición de sentirnos como moderados. Somos capaces de razonar con cualquier persona razonable, sin cambiar nuestros principios. Un libertario puede ser la persona más radicalmente moderada en la sala.

El camino hacia adelante es abandonar el anhelo de un gran y decisivo conflicto tribal, y movernos hacia un sistema de paz, prosperidad y armonía social para todos. No se trata de la sangre y el suelo. Se trata acerca de la búsqueda de la felicidad, que es derecho de todas las personas.

El mensaje de que la libertad universal no necesita caudillos tribales nunca ha sido más atractivo, o más necesario.

*Publicado originalmente por: https://fee.org/articles/the-west-blood-and-soil-or-portable-idea/ 

*Traducido por: Gerardo Enrique Garibay Camarena

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Jeffrey Tucker es Director de Contenido en la Foundation for Economic Education, Chief Liberty Officer de Liberty.me, investigador del Acton Institute, y autor de 5  libros.

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Para entender el Bitcoin y su potencial

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Para entender el Bitcoin y su potencial

por: Jeffrey Tucker

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¿Cuál es la mayor invención en la historia humana? Yo diría que la respuesta es la propiedad privada. Si usted entiende por qué, entonces también debería tener un profundo aprecio por otra gran invención en la historia humana: La cadena de bloques. Ambas se refuerzan mutuamente. De hecho, la humanidad nunca ha tenido una mejor herramienta para registrar las afirmaciones de propiedad en estructuras económicas complejas, globalizadas y digitales.

Vayamos atrás en el tiempo, y hemos unos 150,000 años, cuando existían muchas moras y animales lentos, para alimentar a las pocas personas que necesitaban comer. Sin embargo, entonces la comida se agotó. Estaban frente a frente con la terrible realidad de la escasez.

La propiedad privada es la mayor invención en la historia humana Clic para tuitear

¿Cuál es la solución? Enfrentados a la hambruna, las personas descubrieron cómo domesticar animales y cultivar comida. Para alcanzar la plena producción es necesario proclamar la propiedad de la tierra y de los frutos de su trabajo, de forma que usted puede negociar con otros. Así se inventó la idea de la propiedad privada. Requirió cierta medida de consenso social y de imposición. Necesitamos que las personas estén de acuerdo respecto a qué le pertenece a quién.

Una herramienta engendra otra

Por ello es que la tecnología de la propiedad privada requiere otra tecnología: una herramienta para llevar registro de quién es dueño de qué. Bajo condiciones económicas muy preventivas, los medios para saberlo también pueden ser primitivos. Hay declaraciones orales y consenso comunitario. Existen rejas y muros para señalar los derechos de propiedad. El marcar animales y comida vino después. La ley emergió para proteger los derechos de propiedad. Mucho más tarde en la historia surgió la idea de las aseguradoras de títulos.

El punto de estas herramientas es impulsar acuerdos, brindar estándares públicos que suavizan las operaciones comerciales y alienten interacciones pacíficas en lugar de interacciones violentas. Conforme las estructuras económicas se vuelven cada vez más sofisticadas, también deben hacerlo las herramientas que usamos para establecer e imponer los derechos de propiedad necesarios para avanzar.

Bitcoin es ejemplo de una nueva tecnología a la altura de los tiempos Clic para tuitear

Siempre ha existido y siempre existirá el problema del robo, la mentira, el engaño, el fraude, la falsificación de registros y demás. Idealmente, las herramientas se vuelven mejores para detectar y prevenir que estos alteren el comercio pacífico.

El problema de establecer derechos de propiedad demanda soluciones más sofisticadas una vez que la riqueza se vuelve financiera, global y móvil. El siglo XIX, los certificados de acciones y los bonos impresos eran sujetos a fraude. Cuando este se realizaba sin control, podía destruir compañías enteras, creando falsas fortunas y destruyendo las reales. Recordemos que la historia de El Gran Gatsby se mueve alrededor de una fortuna falsa, generada a través de fraudulentos registros financieros.

La base de datos

En los viejos tiempos, las asignaciones de propiedad se asignaban y registraban a mano. Aquí es donde la invención de la base de datos hizo una contribución sorprendente. Los derechos podían ser intercambiados, reasignados con mayor facilidad, y moverse más rápidamente. Las bases de datos conquistaron el mundo por su flexibilidad, e hicieron una inmensa contribución al crear registros más correctos de toda clase.

Sin embargo, han estado lejos de ser perfectas. En un entorno altamente apalancado, los derechos de propiedad pueden volverse otra vez turbios y ambiguos, y las personas pueden manipular el sistema. Considere la crisis financiera del 2008: con títulos financieros basados en hipotecas que integraban millones de títulos de propiedad con un valor de trillones de dólares, los derechos de propiedad se volvieron confusos. Hasta cierto punto, el boom en el mercado de vivienda dependió de esto. Gerentes financieros, prestamistas e inversores, no querían saber. Sin embargo, cuando el sector colapso, gracias a diestros y curiosos investigadores, los mercados trabajaron por años para definir quién era dueño de qué.

Ahora sabemos una las grandes razones para este problema. Entre un mar de peligros morales y una errante política monetaria, las bases de datos estaban demasiado centralizadas y no eran sujetas a verificación por terceras partes. Las agencias de calificación de deuda estaban a cargo de determinar la calidad de la deuda y el riesgo de incumplimiento. Cuando se equivocaron, no había nadie que pudiera brindar una revisión constante, había que confiar en ellas. Cuando su juicio falló, el error casi desplomó al sistema financiero mundial.

La cadena de bloques

El congreso respondió con regulación y promesas de más supervisión. Absurdo. Lo que necesitábamos era mejor tecnología. Sólo el mercado podía brindarla.

Ese mismo año, irónicamente, algo sorprendente se inventó. El White Paper del seudónimo Satoshi Nakamoto propuso una nueva solución: el libro de contabilidad que registra los derechos de propiedad debería ser parte de una red de distribución que pueda ser descargada y hospedada por cualquier nodo. Los cambios en el libro sólo pueden realizarse a través de estrictas reglas, pruebas de trabajo o inversión, y consenso comunitario. El resultado de este nuevo libro de contabilidad basado en la nube y descentralizado es un registro inmutable que no requiere de sistemas de confianza en terceros para operar.

La invención destacada fue, por supuesto, el Bitcoin. De hecho, no fue destacado. Casi nadie le puso atención hasta que la tasa de intercambio entre dólares y bitcoin comenzó a elevarse cada vez más. Sólo entonces este sorprendente nuevo dinero comenzó a recibir atención. Incluso entonces, la mayoría de las personas no captaron el punto.

La cadena de bloques cambiará cómo registramos las propiedades Clic para tuitear

Lo que muchas personas no entendieron durante el gran mercado alcista del Bitcoin es que esta nueva herramienta monetaria era sólo el fruto más conspicuo de una nueva y poderosa infraestructura, con aplicaciones a los mercados financieros, los contratos y los títulos de propiedad del todo el mundo.

Resulta que no se trataba sólo del Bitcoin, que ciertamente es extraordinario. Igualmente espectacular es en sí mismo el valor de la tecnología de bloques como servicio para un registrar.

The Economist explica:

“La cadena de bloques es una tecnología incluso más potente. En esencia, es un libro de contabilidad compartido, confiable y público, que todos puedan revisar, pero que ningún usuario controla. Los participantes en un sistema de cadena de bloques mantienen el registro actualizado colectivamente: puede ser corregido sólo de acuerdo a reglas estrictas y por acuerdo general…

Las cadenas de bloques son también el ejemplo más reciente de los inesperados frutos de la criptografía. Se usa codificación matemática para convertir una pieza de información original en código, conocido como un hash. Cualquier intento de alterar alguna parte de la cadena de bloques es evidente de forma inmediata, porque el nuevo hash no se ajustará a los viejos. De este modo una ciencia que mantiene la información secreta (vital para incitar mensajes y para las compras y la banca en línea) es, paradójicamente, una herramienta para los tratos abiertos.”

 

Verdad respecto a la propiedad y los activos digitales

Este año, en la FEECon (entre muchas remarcables expreses de aprendizaje) tuve una conversación pública con un jugador importante de una nueva compañía en el sector de las cadenas de bloque, líder en una industria que está cambiando completamente las estructuras económicas de dos del mundo. Esa persona es Caitlin Long, presidenta de Symbiont, una de miles de nuevas compañías que despliegan la tecnología de la cadena de bloques para brindar precisión, claridad y verdad en los derechos de propiedad.

Symbiont es una compañía dedicada enteramente a la cadena de bloques, que registra sus títulos en una red distribuida. No es una cadena de bloques “tokenizada”, por lo que no hay monedas o activos que comprar. Sin embargo, dentro del sector hay miles de compañías que usan tokens como Bitcoin, Ether, Factoid y muchos más. Usualmente se dividen entre monedas y activos digitales. (Y fuente favorita para mantenerme al tanto de todos ellos es BraveNewCoin.com.)

Es cierto que cuando las personas escuchan la frase “cadena de bloques” se alemán porque la discusión rápidamente se vuelve muy técnica. No parece importar mucho, porque no es algo que nos concierna a usted o a mí.

La mejor revelación que surgió de la plática que tuve con Long es que le cadena de bloques es absolutamente esencial para todos nosotros. Esto no significa que usted tenga que codificar, aprender criptografía, manejar complejas carteras en sus dispositivos digitales y demás. Tampoco necesita saber de electricidad para prender las luces.

Sin embargo, en el futuro la tecnología de la cadena de bloques afectará profundamente la seguridad de sus derechos de propiedad. Los bancos están adaptando. Las compañías de títulos, las agencias estatales, los registradores de toda clase están saltando hacia esta nueva forma de hacer las cosas. El deseo de conocer la verdad inmutable es lo que está impulsando esto.

No robe cosas

Un ejemplo del valor añadido que se brinda nos lo ofrece, una vez más, The Economist:

“Cuando la policía hondureña llegó a desalojarla en 2009, Mariana Catalina Izaguirre había vivido en su humilde casa por tres décadas. A diferencia de muchos de sus vecinos en Tegucigalpa, la capital del país, ella incluso tenía un título oficial sobre la tierra en que ésta se levantaba. Sin embargo, los registros en el Instituto de propiedad del país también mostraban a otra persona registrada como dueño -y la persona convenció al juez de firmar una orden de desalojo. Para cuando la confusión legal finalmente se resolvió, la casa de la señora Izaguirre había sido demolida.

Es la clase de cosa que sucede todos los días en lugares donde los registros son más llevados, mal administrados o están corruptos -es decir en buena parte del mundo. Esa carencia de seguridad de los títulos de propiedad es una fuente endémica de inseguridad e injusticia. También hace más difícil poner una casa o un terreno como colateral para un préstamo, lo que obstaculiza las inversiones y la creación de trabajos… Por eso es que políticos que buscan limpiar al Instituto de la propiedad de Honduras, le han pedido a Factcom, una empresa emergente norteamericana, que brinde un prototipo de registro de tierra basado en la cadena de bloques. El interés en esta idea también se expresado en Grecia, que no tiene un registro de terrenos como tal y donde solamente el 7% del territorio está adecuadamente mareado.”

Cuando escuché por primera vez acerca de esta compañía Factcom, me emocione y accedía convertirme en consejero precisamente debido al servicio que podría brindarle a todos las personas en el mundo que lidian con un serio problema de ambigüedad en los derechos de propiedad. Este es un problema en todo el mundo, y quizá incluso en su vecindario. Actualmente hay miles de estas compañías trabajando con dicha tecnología.

¿Alguna vez ha sido parte en una disputa por el título de una casa? Pueden ser enormemente costosas para resolverse. Algunas veces no pueden definirse. ¿Qué pasa después? He visto propiedades enteras caer en el abandono, estructuras adorables de caer y colapsar, y activos de gran valor quedar incapaces de servir a cualquier propósito. Es un desastre.

Ese es sólo el ejemplo más aparente. en los mercados financieros, los problemas se vuelven infinitamente más complejos. Resolver lo que se prometió en contra de lo que realmente se es propietario puede volverse alucinante. La cadena de bloques no tolera dicha ambigüedad.

Piense acerca de otras formas de registro: los de nacimientos, muertes, matrimonios, bautismos, derechos de autor, herencias y demás. Bajo el sistema actual hay demasiados conflictos jurisdiccionales, confusiones, pérdidas y fraudes. La cadena de bloques ofrece la posibilidad de un registro inmutable y universal.

La fiebre del oro

Observando las valuaciones de muchas compañías dedicadas a la cadena de bloques, es extremadamente obvio que hay una fiebre del oro en este momento. En el futuro, algunas se elevarán a la Luna, y otras se estrellarán. Cuáles irán a dónde es algo que el mercado habrá de decidir. En cuanto al valor de la tecnología subyacente no hay duda alguna.

Regresando al ejemplo de las condiciones económicas primitivas, esa primera persona que rodeó su terreno con una cerca tenía algo bueno entre manos. El punto era mantener fuera a las personas indeseadas, pero también brindar mejor información, facilitar las inversiones y el comercio, incentivar la producción y mantener a raya la violencia. La cerca hizo del mundo un mejor lugar y ayudó a que un mundo hambriento aprendiera a alimentarse a sí mismo.

Hoy también tenemos hambre de claridad sobre los derechos de propiedad. La sofisticación de nuestras estructuras económicas ha superado nuestra habilidad de llevar registro de las reivindicaciones. Ahí es donde la hermosa, escalable y honesta cadena de bloques puede hacer toda la diferencia.

Le pregunté a Long si la crisis financiera del 2008 hubiera ocurrido si todos los títulos estuvieran registrados en una cadena de bloques. Su respuesta: absolutamente no. Eso es algo sorprendente para considerar.

La certeza sobre la propiedad ha salvado a los seres humanos muchas veces en el pasado. Lo hará de nuevo.

*Este artículo se publicó originalmente en: https://fee.org/articles/to-whom-does-this-thing-belong-and-how-do-we-know/ Traducido por: GaribayCamarena.Com

 

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Jeffrey Tucker es Director de Contenido en la Foundation for Economic Education, Chief Liberty Officer de Liberty.me, investigador del Acton Institute, y autor de 5  libros.

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El victimismo se ha convertido en símbolo de estatus

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Ser víctima se ha convertido en el máximo estatus

por: Sean Rife

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En años recientes, los activistas universitarios se han convertido en un aspecto cada vez más visible de la vida norteamericana. En 2015, los profesores de Yale Nicholas y Erika Christakis fueron atacados por alentar a los estudiantes a considerar en forma crítica una nueva política universitaria sobre los disfraces de Halloween. La controversia alcanzó el punto de ebullición cuando Nicholas Christakis se encontró con los manifestantes estudiantiles en un patio y trató de dialogar con ellos:

Más recientemente, el académico del American Enterprise Institute, Charles Murray y la profesora del Middlebury College, Allison Stanger, fueron asaltados poco tiempo después de ser expulsados del salón en el que Murray estaba agendado para hablar. Los manifestantes tuvieron éxito en callar su conferencia tan sólo hablando más fuerte que el:

Este comportamiento es condenable por una serie de razones, la menor de las cuales es que mucho de lo que los manifestantes están gritando es simplemente incorrecto (por ejemplo, Murray ha apoyado desde hace mucho tiempo el matrimonio homosexual, pero el grito de “racista, sexista, anti-gay” es demasiado bueno como para dejarlo). El que los manifestantes eventualmente recurrieron a la violencia nos muestra su certidumbre moral (un proceso que puede ser observado en otras protestas similares), lo que es mucho más preocupante.

Aun así, hay personas aparentemente respetables que están dispuestas a defender esta clase de salvajismo. Escribiendo para Slate, Osita Nwanevu argumentó que los manifestantes estaban en lo correcto (y presumiblemente, que la violencia que utilizaron fue aceptable) debido a Trump: “en la era de Trump, ¿deberíamos estar del lado de quienes insisten que los prejuiciosos deben pasar sin obstáculos a través de nuestros salones de aprendizaje? ¿O deberíamos atrevernos a estar en desacuerdo?” En Inside Higher Education, John Patrick Leary tuvo la ocurrencia de decir que los manifestantes tenían “todo el derecho de callarlo (a Charles Murray)”.

El desacuerdo es una cosa, pero el callar a los oponentes o -peor aún- caer en la violencia en un esfuerzo para silenciarlos, es algo distinto.

Evolución cultural: del honor a la dignidad

En un país que tradicionalmente ha presumido su tolerancia hacia la expresión de un diverso rango de opiniones, ¿cómo llegamos aquí? Tomemos un momento para revisar la evolución cultural norteamericana.

Cualquiera que piense que el feo tono de la política estadounidense actual es una anomalía histórica debería dar un pequeño paseo por la avenida Google y leer acerca del duelo entre Hamilton y Burr. La versión corta va así: Alexander Hamilton (antiguo secretario del tesoro) y Aaron Burr (vicepresidente de los Estados Unidos) eran rivales políticos desde hace mucho. Al enterarse de que Hamilton había hecho comentarios particularmente hirientes acerca de él en una fiesta en la ciudad de Nueva York, Burr desafía a Hamilton a un duelo. El 11 de julio de 1804, Burr le disparó a Hamilton, que murió el día siguiente.

Las culturas del honor alientan la violencia, y eso es algo a lo que no debemos volver Clic para tuitear

Este sórdido momento en la historia norteamericana es un clásico ejemplo de lo que los científicos sociales llaman una “cultura del honor” -es decir, una cultura en donde la reputación se construye y mantiene a través de una actitud protectora y de la agresión hacia quienes tratan de ejercer su dominio. La reputación -lo que otros piensen de usted- es lo más importante.

Afortunadamente dichas culturas son muy raras en el mundo occidental, habiendo sido mayoritariamente sustituidas por lo que el sociólogo Peter Berger definió como la “cultura de la dignidad”. En las culturas de la dignidad, el valor de la persona es interno y aislado de la opinión pública. Lo que importa más es cómo uno maneja las pequeñas piedras y flechas que acompañan muchas interacciones humanas; una persona con dignidad lo hace de forma serena, usualmente tratando con la parte agresora directamente y en privado, si es que llega a hacerlo.

Las culturas de la dignidad son necesariamente individualistas. No hay una noción ampliamente esparcida de una culpa común. La voluntad humana es, por implicación, lo más importante. No debería ser una sorpresa que, durante la mayor parte del siglo XX, las sociedades occidentales han evolucionado para valorar a la dignidad por encima del honor.

Déjenme ser claro: Pasar de la cultura del honor hacia la de la dignidad es algo bueno. La mayoría de nosotros retrocederíamos horrorizados ante el pensamiento de que Mike Pence mate a Jack Lew en un duelo. No considero que este punto sea controversial. Algunas culturas son mejores que otras, y la cultura occidental de la actualidad ciertamente es moralmente superior a sus realidades previas, donde la esclavitud, el sexismo y la segregación era la norma. Una cultura donde la dignidad representa el estándar en lugar del honor debería ser considerada como una mejora apreciable.

Cultura del victimismo

Sin embargo, para muchos jóvenes americanos (y sí, este parece ser un fenómeno singularmente estadounidense), la noción de soportar en silencio las dificultades personales ha pasado de moda. Regresando al tema inicial: creo que mucho de lo que hemos observado en los campus universitarios durante los últimos años puede explicarse por el ascenso de lo que los sociólogos Bradley Campbell y Jason Manning llaman “la cultura del victimismo”. Ellos explican:

La cultura del victimismo es una caracterizada por su preocupación con el estatus y su sensibilidad al desprecio, combinada con una gran dependencia respecto a los terceros. Las personas son intolerantes a los insultos, incluso si estos fueron involuntarios, y reaccionan llevándolos ante la atención de las autoridades o del público en general. El dominio es la principal forma de anormalidad, y la victimización es el modo de atraer simpatía, de forma que, en lugar de enfatizar su fortaleza o valor interno, los agraviados enfatizan su opresión y marginalización social.

En los campus universitarios hay un honor perverso en declararse oprimido. Clic para tuitear

Observe los vídeos otra vez: estos estudiantes están demostrando precisamente el comportamiento que describen Campbell y Manning. Están demandando el reconocimiento de varios estatus como víctimas, y no están dispuestos a participar en ninguna clase de diálogo con aquellos con quienes están en desacuerdo. La categoría de “víctima” es un absoluto moral: nadie puede argumentar en favor de su falibilidad.

Sin embargo, nuestro entendimiento de la cultura del victimismo y su relación con las guerras culturales en los campos universitarios estaría incompleta sin un reconocimiento proporcional de lo que Nick Haslam llama arrastre de concepto: nuestro entendimiento de lo que constituye un daño se amplía para incluir desaires verbales involuntarios, en lugar de limitarse a agresiones físicas deliberadas.

Esto puede observarse lo largo de los vídeos en cuestión, pero es particularmente visible en un punto de la discusión Yale/Christakis, cuando las quejas giran hacia la hipérbole: en respuesta a un intento de Christakis para apelar a la humanidad común de todos los presentes, un estudiante le replicó que dicha apelación es inapropiada “¡porque nosotros estamos muriendo!”.

Es difícil entender como un estudiante en una de las mejores universidades del mundo -bien posicionado para entrar en los pasillos del poder después de su graduación- podría razonablemente ser considerado como integrante de un grupo oprimido, mucho menos como parte de un grupo que está siendo exterminado. Los estudiantes de Yale, sin importar su raza o etnia, están entre la élite social y cognitiva. La idea de que un simple correo electrónico acerca de los disfraces de Halloween podría constituir una amenaza existencial es poco menos que delirante.

Sin embargo, darnos cuenta de ello seguramente no sofocará la clase de alzamientos observados en Yale y Middlebury. Como señalan Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, los estudiantes en estos casos seguramente están inmersos en una especie de razonamiento emocional: haciendo inferencias acerca del estado del mundo con base en sus sentimientos, en lugar de intentar evaluar la situación desde una posición que valore la objetividad

A dónde va la cultura del victimismo

Promover el victimismo como un estado meritorio, mientras que al mismo tiempo se expande el criterio por el cual este se define, significa que aquellos que buscan el estatus social están en competencia constante. Estas “Olimpiadas de la opresión” (como algunos las han definido) significan que el estatus de ser marginados se definirá de una forma cada vez más divisible. De esta forma, la cultura del victimismo siembra las semillas de su propia destrucción.

En un giro irónico, la cultura del victimismo se asemeja a la cultura del honor en formas sorprendentemente variadas: Por ejemplo, ambas demandan que las quejas sean atendidas, muchas veces en público. Podría incluso argumentarse que el victimismo ha obtenido una posición privilegiada que es imposible de desafiar sin recurrir en significativos costos sociales. Una nueva serie de normas han emergido en los campus universitarios, donde hay un honor perverso en declararse oprimido.

En las olimpiadas de la opresión se compite por ser la víctima más compadecida Clic para tuitear

De hecho, no es una sorpresa que la cultura del victimismo se haya elevado a la prominencia en las universidades de élite de una de las naciones más ricas del mundo. Sólo bajo condiciones tan relativamente cómodas podría prosperar esa clase de tontería.

De hecho, cualquier cosmovisión que premia el victimismo no puede sobrevivir fuera del entorno enclaustrado de un campus universitario. El mundo real -con sus mercados laborales, pagos de hipoteca y responsabilidades adultas- tiene una forma de alentarnos a valorar la dignidad por encima del victimismo. El capitalismo insiste en los resultados, está relativamente poco preocupado con nuestras subjetivas evaluaciones emocionales del mundo.

Esta es la razón principal por la que no debemos tomar demasiado en serio a los manifestantes en Yale y Middlebury. Serán forzados a enfrentarse con el mundo real y dejar su activismo atrás.

Publicado originalmente por Learn Liberty y traducido a partir de su versión publicada en FEE.org

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Profesor asistente psicología en la Murray State University.

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Papa Francisco

El Papa Francisco olvida el legado libertario de la Iglesia

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Francisco olvida el legado libertario de la Iglesia

por: Jeffrey A. Tucker

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Bueno, es algo muy relevante cuando el Papa ataca al libertarianismo por su nombre. Es aún más interesante cuando mi editor en idioma español cree que el Papa, en un documento académico, estaba atacando un lenguaje que uso yo en lo particular, por implicación, aunque sin citarlo específicamente.

En un pasaje del documento, el Papa dice que libertarismo “engañosamente propone una “bella vida”. La segunda edición de mi libro Beautiful Anarchy (Una Bella Anarquia: Como Crear Tu Propia Civilizacion en La Era Digital) acaba de ser publicado en español (el lenguaje nativo del Papa), con sólidas ventas. No es imposible que mi libro haya sido el atacado, pero usted decide (puede descargar la versión inglesa aquí).

Cuando la Iglesia condenaba ideas en la edad media, los papas eran cuidadosos de citar específicamente las obras a las que se referían, de forma que no hubiera alguna confusión respecto a las opiniones que la Iglesia condenaba. Ya no sucede así. Queda en la incertidumbre la identidad del interlocutor, y por lo tanto el Papa tiene libertad de caracterizar los conceptos en forma incorrecta.

A pesar de los dichos del Papa Francisco, la Iglesia Católica tiene una profunda tradición de libertad. Clic para tuitear

Más aún, desearía que las críticas del Papa tuvieran algo de contenido sustantivo que analizar. Los libertarios siempre estamos listos para un buen desafío. Por desgracia, la declaración consiste básicamente en una caricatura.

He aquí el texto completo de lo que dijo el Papa Francisco:

“Por último, no puedo dejar de mencionar los graves riesgos asociados con la invasión, en los niveles más altos de la cultura y la educación, tanto en las universidades como en las escuelas, de las posiciones del individualismo libertario. Una característica común de este  paradigma falaz es que minimiza el bien común, es decir, el “vivir bien”, la “vida buena”, en el marco comunitario, y exalta un ideal egoísta que engañosamente invierte las palabras y propone la “buena vida”.

Si el individualismo afirma que es sólo el individuo el que da valor a las cosas y a las relaciones interpersonales y por lo tanto, solamente el individuo decide lo que es bueno y lo que es malo, el libertarismo, hoy tan de moda,  predica que para  fundar la libertad y la responsabilidad individual se deben recurrir a la idea de auto-causalidad. Así, el individualismo libertario niega la validez del bien común, ya que por un lado  presupone que  la idea misma de “común” implique  la constricción de al menos algunos individuos, por otro que la noción de “bien” prive a  la libertad de su esencia .

La radicalización del individualismo en términos libertarios,  y por lo tanto anti-sociales, conduce a la conclusión de que cada uno tiene el “derecho” de expandirse hasta donde su potencia se lo permita incluso al precio de la exclusión y la marginación de la mayoría más vulnerable. Ya que  restringirían la libertad, los lazos,  serían lo que necesita ser disuelto, equiparando erróneamente el concepto de lazo al de vínculo, se termina por confundir los condicionamientos de la libertad – los vínculos – con la esencia de la libertad realizada, es decir,   los lazos o las relaciones con los bienes, precisamente, desde los familiares a los interpersonales , de aquellos de los excluídos y los marginados a los del bien común, y en última instancia a Dios.”

Wow, esto suena desalentador

Una ideología que promoviera estas cosas ciertamente sería terrible. Es difícil imaginar que dicha ideología podría volverse “de moda” en lo absoluto. Sin embargo, por supuesto que el Papa sólo logra salirse con la suya al plantearlo porque define al libertarismo de una forma que lo vuelve increíblemente fácil de atacar -lo cual es una clara señal de que el punto de vista al que se opone ha sido mal reflejado.

Ciertamente, lo que el Papa alega que creen los libertarios no solamente es falso; en algunos aspectos es justamente lo opuesto a lo que los libertarios creemos.

Permítanme plantear mi propia definición del libertarismo. Es la teoría política de que la libertad y la paz sirven al bien común de mejor forma que la violencia y el control del Estado, lo que por tanto sugiere una regla normativa: las sociedades y los individuos no deben ser agredidos en sus asociaciones y tratos comerciales, siempre y cuando ellos no amenacen a otros.

Estoy prácticamente seguro de que la mayoría de los pensadores en la tradición liberal estarían contentos con esta definición.

¿Acaso esta idea es extraña o exótica, peligrosa o radical, hasta el punto de que dichos pensamientos constituyan una peligrosa invasión de la cultura?

No lo creo. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, escribió esencialmente esto en la Summa Theologica (2;96:2):

“La ley no prohíbe todos aquellos vicios de los que se abstienen los virtuosos, sino sólo los más graves, aquellos de los que puede abstenerse la mayoría y que, sobre todo, hacen daño a los demás, sin cuya prohibición la sociedad humana no podría subsistir, tales como el homicidio, el robo y cosas semejantes.”

La libertad humana forma parte de la dignidad humana, cuyo respeto es baluarte de la Iglesia. Clic para tuitear

La Summa fue escrita en el siglo XIII. Su posición en cuanto a limitar al Estado y su defensa de la libertad humana (a pesar de ser inconsistente), marcaron el inicio de una nueva era en la filosofía, la ley y la teología. Señaló el camino para salir del periodo feudal hacia el surgimiento en mundo moderno. Las ideas que hoy son conocidas como “libertarias” fueron bloques esenciales en la construcción de los desarrollos políticos que tuvieron lugar durante los siguientes 600 años.

El libertarismo no es una opinión política arcana, peculiar o extraña; es un destilado de la sabiduría de una poderosa tradición que abarca las experiencias de muchas culturas y los más elevados pensamientos de los más serios pensadores desde la edad media hasta la época presente.

¿Qué pasa con esa palabra?

Parte del problema es la palabra “libertarismo” en sí misma. Pareciera un neologismo que apunta a una nueva invención en décadas recientes, una exótica ideología política con extrañas doctrinas y argumentaciones, algo que requeriría tiempo estudiar y entender. Como sucede con cualquier gran tradición intelectual, es fácil tomar a un pensador, declaración, libro o publicación en Internet, y a partir de ella caricaturizar todo lo demás. Cuando esto sucede, los críticos tienen la ventaja: pueden inventar cualquier atemorizante descripción que quieran y que parezca creíble.

De hecho, el término “libertarismo” se usó a partir de la Segunda Guerra Mundial como una necesidad debido a que el término liberalismo parecía haberse corrompido. Esa generación decidió alejarse de la palabra liberalismo, aunque fuera para distinguir lo que ellos creían, de lo que proponían los partidarios del poder estatal (que se habían apoderado de la palabra “liberal”, como lo siguen haciendo hasta la fecha, n. del. T.).

un problema inesperado con esta estrategia de lenguaje fue que inadvertidamente cortó al nuevo libertarismo de su larga y reconocida tradición liberal. Por ello, seamos claros: cuando hablamos acerca de libertarismo estamos hablando acerca del sucesor y la viva encarnación del liberalismo en su tradición clásica. Entendido de este modo, no parece tan extraño.

La Iglesia y el liberalismo

no solamente eso: el rol del catolicismo en la historia moderna ha sido el de servir como benefactor de la causa liberal. Desde el tiempo de Santo Tomás y sus sucesores, la Iglesia Católica comenzó una larga transición para alejarse de sus tendencias Constantinas del primer milenio, gradualmente dejando de lado la espiración de unificar la Iglesia y el Estado y avanzando hacia la aceptación de la emergente tradición liberal. Sucedió primero en el ámbito de la banca, donde la Iglesia defendió a los banqueros de la familia Medici en contra de las fuerzas reaccionarias que trataron de detener el amanecer de la moderna vida comercial. La Iglesia liberalizó su regla en contra de la usura, por ejemplo, y defendió los derechos de propiedad y comercio entre las naciones.

El fin de la esclavitud fue quizá el mayor triunfo del liberalismo antes del siglo XX, y ahí la Iglesia Católica sido una fuerza en favor de los derechos humanos y la justicia desde mucho antes que otros tomaran dicha bandera.

Por ejemplo, los textos de fray Bartolomé de las casas, de 1547, continúan inspirando con su pasión moral en rechazo de las atrocidades cometidas por muchos estados en contra los derechos humanos. Ninguno de los antiguos filósofos se atrevió imaginar un mundo de igualdad universal para todas las personas, pero la Iglesia Católica lo hizo, basada en la convicción de que todos los individuos están hechos a imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto son merecedores de ciertos derechos.

La tradición del pensamiento católico social dentro del escolástico tardío, centrada en España, ha sido frecuentemente acreditada como lugar de nacimiento de la ciencia económica. Esto es porque dichos académicos no sólo eran idealistas morales; eran personas eminentemente prácticas, que buscaban entender cómo funciona el mundo real, todo con el interés de comprender la forma en que las personas pueden tener una vida mejor. Ellos gradualmente descubrieron que los intereses de la persona individual y el bien común no estaban en conflicto, sino que ambos podían alcanzarse a través de la liberalización en todas las esferas de la sociedad.

Después de la reforma y el ascenso del nacionalismo, la Iglesia -como institución internacional que no representa los intereses de un Estado en particular – sirvió como baluarte en contra del poder incontestado de los príncipes y en favor de la idea agustiniana respecto a que ningún líder gubernamental puede desplazar la autoridad de Dios y que “una ley injusta no es ley en lo absoluto”- una declaración citada por Santo Tomás y más tarde por Martin Luther King, Jr., en su carta desde la cárcel de Birmingham.

Oposición católica al estatismo

En otras palabras, el largo ethos del catolicismo se ha inclinado hacia favorecer exactamente lo que el Papa acaba de denunciar: o sea, el que presumir que la libertad se encuentra por encima de la coerción debería ser la norma prevaleciente en la vida política.

Es por esta razón que la Iglesia Católica se posicionan contra el socialismo desde el nacimiento de dicha idea en el mundo moderno. En 1878, 40 años antes de la revolución bolchevique, el Papa León XIII escribió en Quod Apostolici Muneris que los socialistas erraban…

…al “atacar el derecho de propiedad sancionado por la ley natural, y por un enorme atentado, dándose aire de atender a las necesidades y proveer a los deseos de todos los hombres, trabajan por arrebatar y hacer común cuanto se ha adquirido a título de legítima herencia, o con el trabajo del ingenio y de las manos, o con la sobriedad de la vida.”

El Papa León XIII declaró firmemente que el catolicismo

“manda, además, que el derecho de propiedad y de dominio, procedente de la naturaleza misma, se mantenga intacto e inviolado en las manos de quien lo posee, porque sabe que el robo y la rapiña han sido condenados en la ley natural por Dios, autor y guardián de todo derecho; hasta tal punto, que no es lícito ni aun desear los bienes ajenos, y que los ladrones, lo mismo que los adúlteros y los adoradores de los ídolos, están excluidos del reino de los cielos.”

Este activismo anti socialista (Jesús no era socialista) continuó a lo largo de la resistencia de la Iglesia en contra tanto del bolchevismo como del nazismo, y llevó al catolicismo a jugar un papel muy importante en el evento al derrocamiento de los regímenes tiránicos en Europa Oriental.

El Concilio Vaticano Segundo

La apoteosis del espíritu liberal dentro del catolicismo fue hermosamente afirmada en los documentos del concilio Vaticano Segundo. Esto representó la conclusión de la aceptación de liberalismo que se había cocinado por muchos siglos. Fue aquí que la Iglesia final y dogmáticamente afirmó el derecho a la libertad religiosa como pilar de los derechos humanos.

Dignitatis Humanae (1965) brinda lo que podría ser considerado como la mejor declaración del liberalismo/libertarismo planteada en la segunda mitad del siglo XX:

“Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos.

Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil.

Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza, si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual, el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella, y su ejercicio, con tal de que se guarde el justo orden público, no puede ser impedido.”

Una aplicación consistente este principio lo llevará exactamente donde los libertarios nos encontramos en materia política, económica, cultural y de relaciones internacionales.

El Vaticano Segundo afirmó además que el buscar una mejor vida a través de la libertad se encuentra en el propio núcleo de la experiencia humana. Esta aspiración requiere ciertas condiciones institucionales, como el derecho a la propiedad privada. El inspiracional y hermoso documento  Gaudium et Spes (1965), tradicionalmente visto como una obra maestra de exposición, que sintetiza el espíritu del concilio, señala lo siguiente:

“La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y deben ser considerados como ampliación de la libertad humana. Por último, al estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen una de las condiciones de las libertades civiles.

Las formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican cada día más. Todas ellas, sin embargo, continúan siendo elemento de seguridad no despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios procurados por la sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades materiales, sino también de los bienes inmateriales, como es la capacidad profesional.

La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes.”

¿Y el bien común?

La inquietud sobre el “destino común” de los bienes parece encontrarse en el centro de la preocupación del Papa Francisco en cuanto a que libertarismo empuje los derechos e intereses de los individuos en contra del bien común. Éste es una idea tediosa de refutar, porque justamente ha sido uno los principales proyectos de la tradición liberal (desde la ilustración escocesa hasta el presente) el argumentar que los derechos individuales y el bien común no son inconsistentes, que uno no necesita enfrentarse al otro. Buscar el bien de todos no requiere la violación de derechos e intereses individuales, y la defensa de los derechos intereses individuales no requiere entrar en conflicto con el bien de todos.

Considere las palabras del hombre que es ampliamente considerado como el principal genio libertario el siglo XX, Ludwig von Mises. En su libro de 1927 “Liberalismo” él argumentó que sólo el liberalismo busca el bien de todos, en contraposición de los intereses de un grupo de poder u otro.

“El liberalismo procuró acabar con todo ese particular privilegio. La sociedad clasista había de dar paso a un nuevo sistema: todos los ciudadanos debían ser iguales ante la ley. Lo que se discutía no eran los privilegios de determinados estamentos, sino la propia existencia de prerrogativas en favor de estos o aquellos. La política liberal derribó todos los valladares de clase y condición, liberando al hombre medio, al individuo común, de cuantas restricciones el ancien régime habíale impuesto.

Los presentes partidos políticos, o bien siguen defendiendo privilegios de otrora, que el liberalismo no pudo llegar a suprimir, por haber sido incompleta su ascendencia, o bien procuran arbitrar sistemas que instauren privilegiadas nuevas castas. El liberal, en cambio, pro pone un programa que a nadie puede dañar. Prerrogativa alguna ofrece a personas ni grupos, y cuando recomienda a las gentes que, de momento, renuncien a ventajas particulares, evidénciales que tales aparentes sacrificios a todos les serán compensados a través de beneficios mucho mayores. Por el contrario, los partidos políticos, a los que, en general, podemos calificar de «grupos de presión», buscan exclusivamente el bienestar de específicos estamentos, a quienes prometen hacer felices, a costa del resto del país.

Proclamaron siempre los liberales que de la eliminación de castas y estamentos, de la abolición de privilegios y del establecimiento de la igualdad ante la ley, surge ineludiblemente la pacífica cooperación social, al coincidir entre sí, pronto, los auténticos intereses de todos los interviniente”

Mi recientemente fallecido amigo Michael Novak quedó tan impresionado por estos pasajes que escribió un libro entero acerca del tema de liberalismo y el bien común, entendido precisamente de la misma forma que la tradición católica ha celebrado durante tanto tiempo.

Individuo y comunidad

La era digital nos ha brindado oportunidades sin precedente para que los individuos redefinen sus asociaciones, fuentes de entretenimiento, influencias espirituales y elecciones profesionales. Mientras leo la declaración del Papa Francisco, el parece pensar que celebrar dichas oportunidades (como lo he hecho frecuentemente) necesariamente significa despreciar las normas comunitarias y el bien general. Por implicación, él parece responder que las necesidades de la comunidad han de considerarse antes que los deseos individuales.

Sin embargo, he aquí el problema. Es un hecho de la vida humana que cada individuo es diferente. Uno podría decir que fue diseñado para hacer de este modo. El gran descubrimiento de liberalismo fue el observar que es posible para los individuos el buscar sus intereses de un modo que no corte sus vínculos con la comunidad, sino que, por el contrario, los fortalezca. El que esto es cierto se vuelve cada vez más obvio nuestros tiempos. La tecnología lo ha hecho así. Las vidas refinadas han coincidido con cada vez más conexiones comunitarias a través de grupos y naciones.

No pretendemos separar a la persona de su comunidad, sino proteger sus derechos dentro de ella. Clic para tuitear

Es la gran carga de la tradición liberal el explicar una y otra vez que el camino hacia la comunidad pasa por la búsqueda de los intereses individuales en cooperación voluntaria con otros. Hemos tratado de explicar esto durante cientos de años, pero pareciera que el mensaje requiere permanentemente ser expresado y explicado.

Ciertamente, el liberalismo no puede y no pretende prometer la salvación de las almas; ese es el terreno de las grandes religiones. El liberalismo no busca desplazar el rol de la religión en la sociedad. Sólo pretende brindar las mejores condiciones posibles para el florecimiento de la sociedad humana en un sentido material a través del desarrollo de la libertad como marco esencial para el bien de todos.

Como Mises señala, el liberalismo “no promete nada que exceda lo que puede lograrse en la sociedad y a través de la sociedad. Busca brindarle a las personas sólo una cosa, el desarrollo pacífico del bienestar material para todos, con el objetivo de escudarlos de las causas externas de dolor y sufrimiento, en la medida en que hacer esto yace dentro del poder de las instituciones sociales. Disminuir el sufrimiento, incrementar la felicidad: ese es objetivo.”

El enemigo incorrecto

En resumen, el libertarismo busca un mundo más libre, un mundo de derechos universales, pretende la construcción instituciones que pongan a la dignidad humana en la mejor ventaja posible respecto poderosos intereses, mayoritariamente asociados con el Estado, que buscarían violar esos derechos y disminuir esa dignidad. La libertad no puede garantizar una “vida hermosa” pero dicha vida hermosa sería imposible de imaginar o alcanzar sin libertad. Notar esto no es “engañar” sino una descripción de las maravillosas oportunidades disponibles en nuestro tiempo.

Para ser claros, no estoy diciendo en absoluto que la tradición política Católica equivalga a libertarismo. Hay demasiadas anomalías y contradicciones para hacer dicha aseveración. Lo que estoy diciendo es que la Iglesia ha demostrado ser capaz, a lo largo de una larga historia, de hablar acerca de la libertad y la política en una voz libertaria, y esto tiene una razón: la fe genuinamente cree que la verdad liberar al mundo.

Los libertarios no somos invasores inoportunos, sino campeones del progreso continuo en el mundo que la propia Iglesia Católica busca servir y apoyar.

*Este artículo se publicó originalmente en FEE.Org

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Jeffrey Tucker es Director de Contenido en la Foundation for Economic Education, Chief Liberty Officer de Liberty.me, investigador del Acton Institute, y autor de 5  libros.

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Dejen que los chicos trabajen

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Dejen que los chicos trabajen de nuevo

por: Jeffrey Tucker

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El Washington Post publicó un hermoso fotomontaje de niños trabajadores de hace 100 años. Lo entiendo, no se supone que sea hermoso. Se supone que sea horrorizante. Observo a estos niños, están desaliñados, sucios y cansados, sin lugar a dudas.

Sin embargo, también pienso acerca de sus vidas internas. Están trabajando en el mundo adulto, rodeados de interesantes cosas en movimiento y nueva tecnología. Están en las calles, las fábricas, en las minas, con adultos y con sus pares, aprendiendo y haciendo. Están siendo valorados por lo que hacen, es decir, siendo valorados como personas. Están ganando dinero.

Más allá de cualquier otra cosa, es una vida emocionante. Usted puede hablar acerca los peligros de las minas de carbón o de vender periódicos en las calles, pero no pretendamos que el peligro es algo que todos los adolescentes quieren evitar. Si lo duda, dese una vuelta al estadio para el partido de fútbol americano de la secundaria local, u observe a los equipos de lucha o gimnasia.

Ahora lo comparo con cualquier escena que usted puede observar hoy en la escuela pública local, con 30 chicos sentados en sus bancas, completamente aburridos, con la creatividad y la imaginación expulsadas de sus cerebros. Jóvenes impedidos de ganar dinero y brindarle valor a otros, sin aprender habilidades y sabiendo que se supone que deben seguir así hasta que tengan 22 años de edad, si es que quieren aunque sea una pequeña probabilidad de ser exitosos en la vida: escritorio tras escritorio, clase tras clase, lectura tras lectura, examen tras examen, en un mundo confinado e interminable.

Tenga mucho miedo

Sí, estoy feliz de reconocer que casi todos los aspectos de la vida eran peor en 1900 que en la actualidad. La mayoría de las personas no tenían calefacción, no había lavadoras o aire acondicionado. Ni hablar de los refrigeradores. De hecho, la electricidad dentro de las casas era rara y peligrosa. Viajar era un privilegio los ricos. Los automóviles y el viaje aéreo eran sueños. Si a esas vamos, el estándar de vida de la actualidad es mucho mejor de lo que era en 1930, 1940, 1950 y demás, hasta llegar a la última actualización de Snapchat con una imagen de payaso mejorada, que usted puede añadirle a la selfie de su gato.

El mercado, no el poder del gobierno, hace estas cosas. Inspira innovación y la extiende a las masas. Lo que los estudios revelan es que fue el mercado, no el gobierno, quien redujo y casi eliminó el agotador trabajo infantil a tiempo completo.

Corey Iacono cita el consenso de los historiadores profesionales: “la industrialización el crecimiento económico trajeron consigo un aumento en los ingresos, que le permitió a los padres el lujo de mantener a sus hijos fuera de la fuerza laboral.”

Seamos realistas

Si a los chicos se les permitiera trabajar y la asistencia obligatoria las escuelas fuera abolida, los trabajos a elegir no tendrían nada que ver con los de hace 100 años. Serían en Chick-Fil-A y Wal-Mart, y serían trabajos fantásticos, inculcándole a los jóvenes una ética de trabajo, que es el motor interno para tener éxito, y la conciencia de las actitudes que hacen que el emprendimiento funcione para todos. Les brindaría las habilidades y disciplina que alimentan el carácter y los ayudaría a convertirse en parte de una red profesional.

Estas actitudes están ausentes entre los jóvenes que ingresan a las fuerzas de trabajo en actualidad. Se les mantiene forzosamente fuera de estas y luego nos sorprende descubrir que el graduado universitario promedio tiene dificultades para entrar en ritmo a la edad de 23. Esto se debe a que su derecho humano a trabajar y ganar ha sido violado durante una buena parte de sus vidas, hasta el punto de que han perdido el interés y el conocimiento respecto a lo que es el trabajo.

Cuando yo era niño, podía dársele la vuelta a la ley si usted conocía a las personas adecuadas, o podía simplemente mentirse sobre la edad. Ya no más. Las leyes son fuertemente aplicadas y cualquier empleador que contrate a personas menores de edad queda sujeto a atemorizantes penalidades.

En teoría, usted puede trabajar desde la edad de 14 años, pero los horarios y tareas están tan restringidos y el papeleo es tan grande, que no es práctico. Lo mismo sucede a los 15. A los 16 usted puede obtener un trabajo, pero los horarios y el tipo de trabajo que puede realizar continúa limitado. Usted no es realmente libre sino hasta que tiene 18 años, y para entonces hay demasiada diversión que obtener haciendo cualquier otra cosa excepto trabajar.

¿Es de sorprender entonces que los jóvenes recurren a la música, la cultura pop, las drogas, el alcohol, la promiscuidad, el acoso en Internet y demás? Manos ociosas, como dicen.

El verdadero ejército industrial

hace 100 años, inventamos un sistema que imaginó a los niños como soldados cívicos. Chicos amarrados a sillas mientras instructores pagados con nuestros impuestos les abruman la cabeza con información abstracta contenida en libros aprobados por el Estado.

Empujamos estos chicos a través del sistema y les negamos cualquier oportunidad de vivir su valor humano a través de un empleo útil en una comunidad productiva y de verdadero aprendizaje. Después les decimos que reúnan $100,000 dólares para otro grado académico que de algún modo les dará entrada a la fuerza laboral, pero lo único con lo que se quedan esos cínicos y desmoralizados chicos es con un currículum vacío y 15 años de deuda.

Entonces observamos fotografías de los jóvenes repartidores de periódicos de 1905 y decimos, “oh, qué triste que esos chicos tenían trabajos. ¡Somos mucho más humanos ahora!”

Es tiempo de que dejemos de felicitarnos por quitarles las oportunidades a los chicos. Es tiempo de dejar de los chicos trabajen de nuevo.

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Jeffrey Tucker es Director de Contenido en la Foundation for Economic Education, Chief Liberty Officer de Liberty.me, investigador del Acton Institute, y autor de 5  libros.

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5 razones para ya no prohibir el tabaco por ley

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5 Razones para ya no prohibir el tabaco por ley

por: Bill Wirtz

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Durante las últimas décadas, los gobiernos han estado atacando de diversas formas el consumo de tabaco, incluyendo la prohibición de fumar en lugares como bares o restaurantes. Sin embargo, hemos aprendido mucho acerca de los efectos de esta clase de políticas durante los últimos años, y ahora es tiempo de reconsiderarlas.

He aquí porque:

  1. Derechos de propiedad

fundamentalmente, el debate acerca de las prohibiciones a los fumadores debería centrarse en los derechos de propiedad privada. El si es que a usted se le permite fumar en un bar debería ser una decisión del dueño del bar, no de burócratas metiches que creen que saben cómo vivir las vidas de los demás.

  1. El humo de segunda mano no es tan dañino como alguna vez se pensó

Ya en 2013 existían indicios de que la narrativa comúnmente aceptada respecto a los fumadores pasivos no era completamente correcta. El Journal of the National Cancer Institute (a quien el artículo posteriormente mencionado, de la página web Slate, considera como “difícilmente una publicación pro-tabaco”) publicó un estudio que no encuentre una relación significativa entre los fumadores pasivos y el cáncer: “

“Un gran estudio estadístico prospectivo de más de 76,000 mujeres confirmó una fuerte asociación entre fumar cigarros y el cáncer de pulmón, pero no halló un enlace entre ese padecimiento y el humo de segunda mano.”

  1. las prohibiciones a los fumadores no vuelven más sanas a las personas

Un artículo inmensamente informativo de Jacob Grier en Slate finalmente analizó las cuestionables “pruebas” detrás del mito del humo de segunda mano. Las prohibiciones ya habían sido implementadas generalizadamente por qué los estudios iniciales consideraron que existe una correlación entre el humo de segunda mano y el padecimiento cardiaco. Sin embargo, los políticos debieron haber esperado a que se realizará más investigación. De hecho, Grier revela que un estudio del 2006, realizado en la región del Piamonte en Italia (publicado en el European Heart Journal) reveló una caída del 11% en los padecimientos cardiacos, una reducción mucho más pequeña que el 60% que los políticos había prometido.

Después de la prohibición masiva de fumar en interiores en Inglaterra, un estudio de 2010 encontró una reducción de sólo el 2% en los ataques cardiacos. Este número es tan pequeño que podría no estar relacionado con las prohibiciones en absoluto. Uno estudio del 2008 nueva Zelanda tampoco encontró ninguna correlación. El Journal of Policy Analysis and Management publicó en 2010 otro estudio que de igual forma no encontró un impacto significativo en ningún grupo de edad. Estudios similares aparecieron en los Estados Unidos en 2012 y 2014.

  1. Las prohibiciones no desalientan a los fumadores

Más aún, las prohibiciones no reducen realmente el número de fumadores. La información de Francia (que implementó su prohibición al tabaco en 2008) muestra que el consumo de productos de tabaco sólo se correlaciona con los precios.

Fuente: Institut national de prévention et d’éducation pour la santé (INPES) (Instituto Nacional de Prevención y Educación para la Salud)

De hecho, la cantidad de tabaco vendida inmediatamente después de la prohibición se elevó en 1500 toneladas. Entonces el gobierno francés reaccionó incrementando el precio en un 300% durante los siguientes tres años (entre 2010 y 2013, el precio se incrementó en un promedio de 1 euro por cajetilla; los impuestos representan el 80% del precio de cada cajetilla).

  1. El mercado puede manejarlo

Ahora que las prohibiciones directas a los fumadores se generalizado lo largo de muchos países, y el concepto de un bar libre de humo está enraizado en la mente de la mayoría de las personas, ¿por qué la gente tendría miedo del mercado? El número de personas que consumen tabaco estadísticamente se encuentra entre un 20 y un 30%, sin que alguna tendencia muestre que esté creciendo o reduciéndose por debajo de esa línea. Los bares gay atienden el 15% de la población que es homosexual, y sin embargo no han controlado el mercado de los bares. Lo mismo aplicaría al caso de aquellos que permitan fumar: aunque existirían numerosos bares que lo autorizara, el hecho de que muchos clientes rechazarían la idea de estar en un entorno de humo de cigarro llevará a que la mayoría los establecimientos se mantenga libre de humo.

Incluso si usted no es fumador y cree que todos los estudios que desmienten una correlación entre fumar y incremento en el riesgo de cáncer y padecimientos cardiacos son parte de una conspiración en favor de la gran industria tabaquera, ello no importa en este caso. Similarmente, si usted tiene la creencia de que los alimentos genéticamente modificados son malos para su salud, hay una solución simple para usted: no los coma.

Nadie lo obliga a ir a un bar donde se pueda fumar, tampoco a trabajar en el o incluso a asociarse con personas a quienes les agradan esos establecimientos. Considere esto: de todos modos, usted no va a la mayoría de los bares y restaurantes. Ello puede ser porque ponen música que no le agrada, sirven comida que a usted no le apetece o son anfitriones de eventos que usted detesta. La belleza de una sociedad libre es que no tiene que cambiar su mentalidad al respecto, así que no obligue a los demás a cambiar la suya.

Fuentes:

https://academic.oup.com/jnci/article/105/24/1844/2517805/No-Clear-Link-Between-Passive-Smoking-and-Lung

http://www.slate.com/articles/health_and_science/medical_examiner/2017/02/secondhand_smoke_isn_t_as_bad_as_we_thought.html

https://academic.oup.com/eurheartj/article/27/20/2468/2887176/Short-term-effects-of-Italian-smoking-regulation

http://www.bmj.com/content/340/bmj.c2161

https://www.health.govt.nz/system/files/documents/publications/smokefree-evaluation-report-with-appendices-dec06.pdf

https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/21877107

http://www.amjmed.com/article/S0002-9343%2813%2900837-1/fulltext

http://inpes.santepubliquefrance.fr/10000/themes/tabac/consommation/marche-tabac.asp

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Estudiante de derecho francés en la University of Lorraine en Nancy, Francia.

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Un libertario radical en el Parlamento Británico

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Un libertario radical en el Parlamento Británico

por: Jeffrey Tucker

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Cuando Murray Rothbard era un joven estudiante escribió bajo el seudónimo de Aubrey Herbert. Yo creía que él había inventado el nombre. No es así. Realmente existió un hombre llamado Auberon Edward William Molyneux Herbert. Fue miembro del parlamento británico. Vivió de 1838 a 1906. Era un discipulo de Herbert Spencer, que mantuvo eljuvenil idealismo de Spencer mucho después de que su mentor lo perdiera. Fue autor de “The Right and Wrong of Compulsion by the State.”

Todo esto lo sabía desde hace tiempo, pero nunca me molesté en leer el trabajo de Auberon Herbert. Lo hice recientemente, y creo que he encontrado a mi musa. Este hombre era increíble. Nunca antes había leído una prosa tan lujosa y erudita en defensa de la libertad humana, y no es como el trabajo de muchas personas que escribían en esa época, bueno en algunas cosas y malo en otras. Los escritos de Herbert son asombrosos en todos los temas: propiedad, mercados, esclavitud, imperio y colonialismo, libertades civiles, derechos universales, y el estado. Él habló con igual pasión acerca de los derechos y de las consecuencias de infringirlos.

Él escribió y habló en una época de socialismo ascendente en Europa.  La Gran Bretaña resistió durante un tiempo, y Herbert fue parte de la razón. Él presentó una de las últimas voces en defensa de la libertad pura en el viejo mundo antes de la I Guerra Mundial, y aplicó todos sus esfuerzos para detener el ascenso del estado totalitario.

Redactó sus obras más famosas en los 1870s, y estas representan lo mejor y más elaborado de la escuela del liberalismo clásico. Él mantuvo en alto la antorcha de la libertad y habló, consistente y constantemente, en favor del principio del voluntarismo. Consideraba como una violación de los derechos toda acción del estado que contradecía el principio de la libertad.

Durante sus días en el parlamento, Herbert llegó a frustrarse respecto a la falta de preguntas fundamentales respecto al propósito de la política. Tantas personas estaban involucradas en el intento de micro-regular cada industria, todos los servicios, los asuntos de estado y el orden cívico, que la regulación de la vida era una amenaza permanente. Herbert llegó a sentirse en shock  respecto a lo poco que ellos pensaban en lo que esto le haría a la gente. Toda ley, mandato y regla debía aplicarse por medio de la violencia en contra de las propiedades y de las personas. Todas violaban la libertad natural que había dado lugar al ascenso de la civilización.

“Tarde o temprano,” escribió, “toda institución tiene que responder a las preguntas: ¿Está fundada en la justicia? ¿Está a favor o en contra de la libertad de los hombres?

Herbert argumentaba que toda acción estatal viola la libertad de las personas, una libertad que sólo debería limitarse de acuerdo con la regla de Spencer: Todo debería permitirse en tanto nadie sea dañado. El estado, a pesar de la mejor de sus intenciones, siempre está en el negocio del daño. Toma la propiedad de las personas, para que los políticos puedan usarla. Arrebata la libertad, de forma que el estado pueda regular la industria. Elimina la industriosidad y la creatividad, de modo que el estado pueda aplicar sus propios planes. Observado de este modo, todo lo que el estado es y hace contradice el principio de libertad.

Un excelente ejemplo es la educación nacional. Todas las personas mejor educadas y posicionadas parecen creer que es necesaria. Se obtienen impuestos entre los más ricos de Inglaterra, pues son ellos los únicos con el dinero suficiente para pagar por ello. Se construyen edificios y se contratan profesores. Entonces, ¿quién dirige el sistema y establece las prioridades respecto a qué, cómo y cuándo se enseña? Las élites y los ricos. Son ellos cuyas opiniones  llevan la voz cantante, mientas que las clases trabajadoras y los pobres tienen muy poco que decir al respecto. Al final del día, aunque los ricos sobrellevan las mayores cargas en el financiamiento del sistema, son los pobres quienes cargan el peso de obedecer a los amos a cargo del sistema. Esto es contrario a la justicia.

También crea un sistema inconsistente con el progreso. La educación nacional significa un plan para todos, impuesto sin creatividad o la posibilidad de adaptarlo al cambio. Una opinión respecto a la religión debe prevalecer a expensa de todas las otras. Esto no es tolerancia, sino imposición, y deja fuera las perspectivas que son distintas de aquellas de los ricos que administran el sistema. Por el contrario, corte la cuerda por completo, reconozca a todos pleno derecho sobre su propiedad y sus propias decisiones, e inmediatamente la tolerancia se convierte en la regla.

Por lo que respecta a la auto-responsabilidad, toda educación estatal la aleja de los padres. Son tratados como si no pudiera confiarse en ellos, y, con el tiempo, ellos llegan a confirmar esa percepción. La educación pública incultura a toda la población a volverse pasiva y des-empoderada. Esto es contrario al progreso porque este requiere de experimentación, tolerancia de las diferencias, y celebración de nuevas ideas y nuevas formas de hacer las cosas.

Más aun, Herbert argumenta que cada vez que una tarea le es confiada a un departamento de gobierno, el progreso en dicha tarea se detiene. El sistema queda congelado. A la burocracia cambiar le parece peligroso, e incluso revolucionario.  El cambio sucede en las agencias gubernamentales  sólo bajo una gran presión, e incluso entonces el cambio es cosmético y superficial –lo suficiente para satisfacer al público, pero no tanto como para modificar fundamentalmente el sistema.

Esto es cierto en todos los ámbitos de la vida, ya sea el comercio, la salud, la religión, la familia o las relaciones internacionales. Una vez que se le otorga al estado el poder de regular algún aspecto, no habría final para la discusión respecto a cómo usar el poder. Las personas no estarán de acuerdo en las prioridades. Lo que hace feliz a uno enfurece a otro. Lo que agrada a alguien es un saqueo para alguien más. Llevar a cabo los planes de un grupo implica trastornar los de otros. El resultado es una guerra de todos contra todos, con cada grupo de interés tratando de controlar las palancas del poder. Esto no es unidad o paz, sino división, conflicto y guerra.

Una persona es libre, o no lo es. No es posible dividir la diferencia y formar un punto medio, ni siquiera a través de un voto mayoritario. La libertad es indivisible, decía Herbert. O nuestra voluntad es propia, o nos es arrebatada y ejercida por el estado.

¿Cuáles son las implicaciones del análisis de Herbert? Los impuestos deben abolirse y ser reemplazados por contribuciones voluntarias hacia el gobierno. Si las personas no están dispuestas a pagar, es evidencia de que no consideran que el servicio recibido valga el precio.

Todos los monopolios y privilegios otorgados por el estado deben abolirse, tanto en la educación como en el servicio postal o el comercio. Esto incluye la ley contra la calumnia, pues nadie tiene un derecho a su reputación. Cuando las personas se ofenden entre sí, deben enfrentar las consecuencias por sí mismos.

Todos los servicios estatales deben abolirse, incluyendo las leyes contra la pobreza, las minas nacionalizadas, las restricciones religiosas y los subsidios gubernamentales hacia la industria.

Todas las restricciones al comportamiento individual deben abolirse. Esto incluye restricciones al consumo de alcohol y drogas, prostitución, vacunas obligatorias y divorcio. Todos deben ser libres de actuar como deseen, sin estar impedidos por un decreto gubernamental. Esto incluye derogar las leyes de educación obligatoria, las que restrinjan lo que uno haga los domingos, y las de trabajo infantil.

Finalmente, la justicia demanda el fin de todo colonialismo e imperialismo contra los estados vecinos. Todas las personas en todo lugar deben ser libre de elegir su propio gobierno. Nada debería imponerse en nadie, local o extranjero.

Herbert era un voluntarista que rechazaba el término “anarquismo,” porque consideraba que este significaba una falta de ley. También rechazaba el uso de la violencia para reformar el sistema, escribiendo que no es lo mismo odiar el sistema actual que amar la libertad. Amar la libertad es buscar la paz, la comprensión y la cooperación y derechos universales. Odiar al sistema significa usar cualquier táctica para derrocarlo, incluyendo la violencia. Este segundo camino no abona en nada para asegurar una libertad duradera.

En cuanto al socialismo, Herbert lo veía como un sistema que se basa fundamentalmente en el gobierno en contra de personas y propiedades. Todas las teorías socialistas se reducen a esto: El gobierno puede hacerle lo que quiera a cualquier persona, bajo el disfraz de la colectivización o cualquier otra excusa. Es un mapa para el estado totalitario –la completa abolición de la libertad.

Traducción por: GaribayCamarena.com

El artículo original puede consultarse en: https://fee.org/articles/a-radical-libertarian-in-the-british-parliament/

 

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Jeffrey Tucker es Director de Contenido en la Foundation for Economic Education, Chief Liberty Officer de Liberty.me, investigador del Acton Institute, y autor de 5  libros.

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